El cuartito de papas de Alicia Ramos Triano

Mi padre suele enviarme desde Buenavista del Norte una cajita con las verduras y frutas que recoge en la finca de El Palmar, en su trabajo como agricultor. “A ver que me envía esta vez Pá”, pienso cuando me la entrega mi hermano. Habitualmente son cebollas chiquitas, cabezas de ajos llenas de tierra, ciruelas que me como cuando quiero regular mi tránsito intestinal y en verano higos picos que él mismo coge con su tarasca “con cuidado de no despezonarlos”, es como si pudiera oírserlo decir. En la cajita también vienen papas. Qué curiosas son las formas de las papas. Siempre me lo parecieron. Cuando tenía menos de diez años iba debajo del poyo de la cocina, que es donde las guardábamos en casa para protegerlas de la luz y que no se pusieran verdes, y jugaba con ellas. Algunas tienen forma humana, con piernitas y bracitos, otras en cambio parecen objetos. Prefería jugar con ellas en lugar de con barbies y otros muñecos de mis primas, y siempre terminaba con las manos y la ropa llena de tierra y polvo como si hubiera sido yo quien las trajo de la finca. De un tiempo pacá me es inevitable acordarme de Alicia cuando veo en el fondo de la cajita que me regala mi padre unas cuantas papitas sueltas.

Un sombrero vaquero y un par de botas altas

La primera vez que coincidí con Alicia Ramos Triano fue hace varios años en unas jornadas de convivencia y formación celebradas en Tenerife y que organizaron familiares de menores trans de la asociación Chrysallis. Cuando nos cruzamos en uno de los descansos ella iba con su inconfundible sombrero vaquero y su par de botas altas puestas, a juego con una guitarra. “Hola, eres Alicia, ¿verdad?”, le dije a una mujer de metro ochenta y pico que me observaba con curiosidad desde la sombra que su accesorio le procuraba hasta la nariz. Por un momento la imaginé subida a caballo galopando por el malpaís de Güímar, su tierra, con la guitarra a la espalda y huyendo de la ley como en las películas de western que mi abuelo Antonio veía diariamente por la televisión canaria para conciliar el sueño de la siesta. “Si, soy yo, ¿qué tal estás?”, me respondió con una dulce y amable voz que no me encajaba del todo con mi fantasía peliculera de fugitiva que me había montado. Intercambiamos unas cuantas palabras y no volvimos a coincidir, dado que esa misma noche o muy temprano al día siguiente -no recuerdo bien-, tenía que coger un avión en Los Rodeos para regresar a la capital europea en la que vive desde hace años: Madrid. No nos veríamos de nuevo hasta dentro de mucho tiempo, pero no dejé de seguirle la pista -ahora sí que era más la jinete “fugitiva” que me imaginé aquel día y la que iba detrás suyo siguiendo sus huellas era yo- aún con la distancia que suponía el hecho de que su vida estuviera en aquel continente tan lejano a Güímar y toda la isla.

Así fue como, en mi interés por conocer más a esta misteriosa cantautora canaria, leí que Alicia Ramos se licenció en Geografía e Historia, que su signo del horóscopo es Virgo -justo el que va después del mío- y que en sus inicios más tempranos de su vocación musical había aprendido a tocar el piano y folclore canario. Esto último me hizo imaginarla de nuevo vagando por el malpaís de Güímar, bajo el cielo estrellado de medianoche, cantando el arrorró entre cardones y tabaibas a una isla que necesita ser arrullada. Alicia lleva años componiendo canciones y tocando en festivales, conciertos, jornadas y encuentros por todo el Estado. Pero una de las canciones que más bonitas me parecen de su repertorio, por el uso que se le dió como banda sonora en la película biográfica que rodaron para su paisana Carla Antonelli, se llama “Y las flores”. Por otro lado también leía con mucha frecuencia sus artículos, muchos de ellos relacionados con la canariedad y la situación de las Islas junto a otras muchas cuestiones, que lleva publicando desde hace años en medios como Diario Público, Píkara Magazine y más recientemente en su propia columna en CTXT. Y luego estaban las entrevistas que le hacían o los propios textos biográficos que compartía. En uno de ellos, del año 2016 y de las primeras referencias que leí después de aquel encuentro, Alicia decía:

“Me llamo Alicia Ramos. Soy una mujer transexual. También tengo 1,75 dioptrías de miopía en el ojo derecho. Ni siquiera uso gafas, no tengo. Pues así es como intento vivir mi transexualidad, sin gafas. (…) Vengo de una cultura en la que el cristianismo se impuso hace sólo cinco siglos y no ha calado demasiado en la idiosincrasia del pueblo, de modo que tampoco tuve que luchar contra ideas reaccionarias, machistas o contra una heteronormatividad extrema, sólo contra mi propia ignorancia, que siempre resulta más sencillo. A mí por lo menos.”

Aún tengo los paquetes de gofio para ti

Mi interés no dejaba de crecer. Tenía la sensación de que las cosas que ella escribía me estaban interpelando de algún modo, aunque no tenía claro cómo y los miles de kilómetros que nos separaban tampoco ayudaban mucho que digamos. Un día hasta pensé en pedirle la dirección postal y enviarle un paquete con gofio de El Palmar, de donde mismo viene la cajita de mi padre, para que cogiera fuerzas entre tanto concierto y micro abierto casi sin pausa. Sin ser consciente del todo, estaba empezando a construirse un vínculo de afectividad en el que -paradójicamente- una de las partes no estaba participando. Pero qué le vamos a hacer, no podía evitar admirar enormemente su trabajo creativo, su compromiso con tantas cuestiones sociales y su inteligencia. Es lo que llaman en los espacios activistas “referente”, pero para mí tiene una dimensión más familiar. Una especie de prima lejana a la que me vinculan similitudes en la crianza, unos valores compartidos y una misma tierra.

Y, efectivamente, esta concepción me hacía celebrar con un orgullo casi familiar todos los merecidos reconocimientos que Alicia Ramos ha recibido en los últimos cinco años: en 2016 galardonada en la V edición de los Premios por la igualdad Adriano Antinoo para reconocer su trayectoria y visibilidad, en 2018 premiada por la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans y Bisexuales (FELGTB) con una de sus conocidas “plumas” que valoran el compromiso de activistas en la defensa de derechos, y en 2019 el colectivo madrileño COGAM le entregó la Bandera a la Militancia por sus años de lucha incansable contra las discriminaciones. En 2019 Alicia Ramos también ganó el XXXV Premio Benito Pérez Armas, galardón literario más antiguo de Canarias, con su novela titulada “El último vándalo (que yo sepa)”. Sobre este premio dijo recientemente para un periódico isleño que ella no creía en su propia obra y que fue su pareja, la profesora y escritora española Olvido Andújar, quien la animó a presentarse. Este libro lo tengo en mi mesita de noche, ya casi por la mitad gracias a los ratitos que le puedo dedicar por las mañanas, desde que la propia Alicia me lo entregó mientras nos echábamos un buchito de café en Santa Cruz, el día después de su presentación en Tenerife Espacio de las Artes (TEA). Porque, afortunadamente, y más o menos desde hace prácticamente un año, mantenemos una relación amistosa. Ella misma ha escrito en alguna que otra ocasión que tiene la sensación de que me conocía desde hacía más tiempo, como si fuera de toda la vida. Si estás leyendo esto, Alicia, entenderás por qué tienes esta impresión. Aún tengo los paquetes de gofio guardados para ti y sigo imaginándote paseando sola entre tabaibales de Güímar. Todo se originó a partir de una llamada telefónica en la que le pedí colaborar en unas jornadas telemáticas que estaba coordinando unos meses después del fin de la cuarentena. “Claro que sí, cuenta conmigo en todo”, me dijo al otro lado del teléfono con el mismo tono de voz amable y dulce que la primera vez que intercambiamos unas palabras. Ahora, cuando regresa a la isla, tiene el detalle de darme el toque para ver si nuestras respectivas agendas nos permiten vernos un fisquito. Una de las últimas cosas que hablamos por wasap fue que la comarca de Daute -de la que soy- como la de Güímar, fueron “bandos de paz” durante la conquista europea de Tenerife. De este último bando me dijo “Es que era un lugar de ‘destierro’, deportaban al Valle a la gente guanche que hacía ‘feo’ en La Laguna”. Yo diría que es el mismo fos metropolitano que hemos sentido cinco siglos después muchas personas originarias de las comarcas rurales del norte y sur de la isla.

Si hubiésemos nacido papas

Precisamente en estas jornadas telemáticas del año pasado en las que participó Alicia fue donde compartió una reflexión que, después de escucharla, es inevitable que me acuerde de ella cada vez que recibo la cajita con papas de mi padre. En la finca que también tenía su papá, en Güímar, había un cuartito de papas en una cuevita del propio risco. Con su puerta y todo. Ahí, como hace mucha gente agricultora, el padre de Alicia metía las cajas con papas que se recogían en la finca. Sin embargo, dado que la luz se filtraba por la rendijita que quedaba entre la puerta y el polvoriento suelo, sucedía que alguna papa de todas las de la caja al percibir esa débil fuente luminosa se grelaba y dirigía a la frontera entre la oscuridad del cuartito y la luz del exterior. Entonces la clorofila hacía su efecto y al traspasar el umbral la papa se transformaba en una gran mata verde. Esta metáfora la usó para describir su propio tránsito, afirmando que “la papa es papa desde el tubérculo, pasando por el grelo, hasta que se convierte en mata”. Tengo la certeza de que, de no haber nacido humanas sino papas, nuestros respectivos padres nos habrían sacado de la tierra con sus gruesas manos y hubiéramos coincidido en ese cuartito para terminar greladas juntas, Alicia.

 

Bibliografía