Berbel, la poeta escribible

Berbel, una poeta que cose palabras y funde colores

Berbel almacena palabras como agujas en el alfabeto de su costurero. Entre ironías y paradojas escribe la trama de sus días en el idioma impertinente y polisémico de quien hilvana versos sin dedales, que es el único principio posible cuando se transgrede la norma en la literatura y en la vida. La poeta cose palabras como funde colores y desdobla su vocación renacentista en la Berbel pintora, la fotógrafa, la ilustradora, la guionista, la activista y la docente.

Artista total o multidisciplinar, según la crítica; mujer todoterreno, como la bautizara su padre, de profesión militar, nacido en Firgas; y que su madre, natural del levante español, definía en el proverbial vale pa’ un roto y pa’ un descosío. Quizás por ello, la poeta zurce verbos y pronombres y adjetivos, imperios de gramáticas perversos, locura de metáforas amargas, dando puntadas con el hilo de colores de su ingenio, bordando en las esquinas las iniciales de la felicidad.

Cuenta María del Pino Marrero Berbel, conocida cariñosamente en las islas como Berbel (Cartagena, 1950), que primero fue la mirada: el embrujo de una niña que observa embelesada las manos de su madre tejiendo formas en la nada en sus labores de ganchillo. Después, llegaron las palabras. Su primer acopio es una lista de pecados por mandato de las monjas, que extravía en un descuido una mañana antes de la confesión de cada miércoles. Entonces, la pequeña Berbel pone la casa bocabajo en pos de sus pecados perdidos, y quizá esa sea la búsqueda de todas las mujeres antes de descubrirse feministas.

Berbel y su andar como artista multidisciplinar

Su niñez “medio arrebatada” transcurre a caballo entre la península y África, hasta que, en el preámbulo de su primera década de vida, recala con su familia en la isla de Gran Canaria. Para entonces, los mapas de Berbel ya codificaban su leyenda con la simbología de un bagaje multicultural que, en clases de geografía, pintaba el Ebro y el Tajo de color marrón como los ríos africanos. “¡Así los había visto yo!”, rememora la poeta. Su asombro ante la paleta multicromática que colorea el mundo la lleva a ingresar en la prestigiosa Escuela Luján Pérez, radicada en el casco de Vegueta, con solo 14 años, donde traba contacto con el célebre pintor indigenista de Gáldar, Antonio Padrón, quien rubrica una impronta destacada en su imaginario plástico. Estos fueron sus primeros indicios, pequeños fonemas sueltos, hasta que, en las postrimerías del franquismo, Berbel se traslada a la isla de Tenerife para estudiar la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad de La Laguna. A su término inicia una larga andadura profesional como profesora de Lengua y Literatura en ambas islas, que desempeñará durante 43 años irradiando en su alumnado la pasión por la palabra.

En paralelo, la década de los 80 inaugura los primeros vuelos literarios de Berbel, que publica su primer poemario, Apoemas del alba escarlata (Editorial Ronda), en 1982, así como su primer libro de cuentos, Cachos (Gráficas Aguañac), en 1985. Este período literario la inscribe en la denominada Generación del silencio, acuñada por el narrador y poeta Emilio González Déniz, que engloba a los poetas grancanarios que emergen en esta década, y donde Berbel se erige en la única mujer poeta junto a nombres como José Miguel Junco Ezquerra, Javier Cabrera, Aventino Sarmiento, Teodoro Sosa o Sergio Dominguez Jaén, a los que se unieron más tardíamente figuras como Noel Olivares, Juan Carlos de Sancho, Antonio Arroyo, Marcos Hormiga y Cristina R. Court. Una década más tarde, esta nómina plural de poetas cristaliza sus distintos lenguajes en la antología Acantilado y Silencio. Panorámica de la generación poética grancanaria de los 80, siglo XX (Cabildo de Gran Canaria, LPGC, 2004) y, en la conmemoración de su décimo aniversario en 2014, Berbel celebra la paradoja de que este conjunto silencioso siga haciendo ruido. “Nos llaman la generación del silencio y mira lo que alegamos”, manifiesta.

En el filo del siglo XX, la poeta recibe el accésit del Premio de Poesía Tomás Morales por su poemario La Grecia que hay en mí, publicado en 1999 por el servicio de Ediciones del Cabildo de Gran Canaria. A continuación, el siglo XXI abriga la efervescencia poética de Berbel desde la primera luz y hasta el presente a partir de una doble publicación en 2002: Ojos de lienzo (Historias del Arte), una edición de autora donde glosa las obras de arte que impactaron su universo –esta es la huella de mis lienzos, los ojos de mi vida, los colores de mi respiración. Los círculos del tiempo que forman cada una de las emociones, escribe- y el poemario Los días quebrados (Huerga y Fierro Editores). En 2005, Berbel se alza con el primer galardón del Premio Internacional de Poesía Ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, convocado por el Ayuntamiento capitalino, por Las mil y una y, un año después, publica el poemario Los desiertos extraños (Editorial Baile del Sol).

Además, pleonasmo de mi vida, Berbel ha realizado alrededor de medio centenar de exposiciones de pintura, fotografía, talla y cerámica desde la década de los 70, así como cuatro guiones y dos cortometrajes para cine; ilustraciones para una docena de publicaciones y 14 guiones para una colección de cómics sobre la historia de Canarias, toda vez que su obra poética integra las antologías Poesía de Canarias en Viva Voz (C.C.P.C. Las Palmas, 2002), Penumbra y Amanecer. (Centro de Estudios Poéticos, 2002) e Ilimitada Voz. Antología de Poetas Españolas, 1940-2002 (Publicaciones Universidad de Cádiz, 2003).

Sin embargo, una vertiente destacada de su trayectoria radica en su labor continuada de investigación, recuperación y visibilización del parnaso literario de las islas, que ha capitaneado desde una creatividad infinita con la publicación Madrid en los poetas canarios (Editorial Puentepalo, 2010), una compilación de textos y poemas de 45 poetas de casi todas las islas del Archipiélago, donde los autores y autoras evocan y poetizan su vínculo con la ciudad desde el éxodo; o la creación de El club de las poetas muertas, un tributo literario que rinde homenaje a 92 poetas canarias nacidas entre los siglos XV y XX, bajo la convicción de que es urgente reivindicar “las voces de las mujeres poetas en las islas porque en esta vida, lo que no se conoce, no existe”. Además, los puentes literarios que tiende Berbel cruzan el océano Atlántico hasta la orilla próxima y contigua de América Latina, donde se incorpora a numerosos grupos literarios, como el grupo de mujeres El País de las Nubes, con el que imparte talleres en pueblos indígenas a niños y niñas de enseñanzas medias. Luego, a su regreso, deshace las maletas rebosantes de versos de otras latitudes para expandir su eco en salas, museos, cafeterías y rincones de su isla grancanaria.

Berbel, la poeta escribible y las personas bonitas

Con todo, la nómina de títulos de Berbel a lo largo de medio siglo de escritura es larga, continua y caudalosa como los ríos de colores de su mundo. Incluso a espaldas de la pandemia que estremece este presente, Berbel juega con versos como corales y vestigios de belleza que aún devuelve el mar incierto, y que publica en sus títulos recientes Poemas impertinentes (Mercurio Editorial, 2020), Tendido Cero (Editorial Punto Rojo, 2020) y Pespuntes (Huerga y Fierro, 2021). A sus seres más queridos y queridas, se los envuelve en mascarillas quirúrgicas que introduce en un sobre, donde escribe que “los libros también son seres vivos y deben protegerse”. En estos nuevos poemas, Berbel sigue tirando del hilo de la música de la lengua como “única noción de patria”, con permiso de Benedetti: Abuso de las suposiciones, Me crezco en exclamaciones, me subo por las paredes en el plano suprasegmental de mi lingüística casera, No guardo nada entre paréntesis, y entre comillas solo pongo la fe, sí, aquella que anda moviendo mis montañas.

Alma bella de ojos azules como hortensias y conversadora de excepción, su corazón es más grande que la isla que habita, y que este 2021 la distinguió como Hija Adoptiva de Gran Canaria por “su dedicación y entrega a la cultura, y por la calidad e importancia de su producción literaria, siempre con una visión de artista multidisciplinar”. A este reconocimiento se suman sendos homenajes el pasado 2019 en el marco del ciclo Más que musas, en la Casa-Museo León y Castillo de Telde, y en la Casa de Colón. Ese mismo corazón que ha resistido cuatro embates para erigirse como una letra mayúscula y volver a coger fuerzas, armarse de valor y escribir a los cuatro vientos como quien grita. La poeta que une nombre y apellido en una hermosa aliteración de dos sílabas sigue coleccionando palabras como agujas, pecados y corales para enriquecer el universo de su poesía y de su vida. Siempre cuenta que su palabra favorita es Kilimanjaro, no solo porque mira alto, sino por el deleite de su sonoridad, como melifluo, iridiscencia y limerencia, o amorosar, escudilla y guanajo, “porque no podemos perder nuestro léxico canario”, recuerda la poeta, “tenemos que amorosar nuestro lenguaje”, porque solo así nos reconocemos en lo que somos y nos encontramos con el otro.

Una vez, Berbel me dijo que los poemas más bellos de su vida son las personas bonitas [“acepción nacida del término bueno, que pasó al diminutivo buenito por entrañable y cariñoso, y que por asimilación vocálica derivó en bonita, en su femenino correspondiente, que se sitúa entre lo bueno y lo bello”, me explicó]. Berbel atesora a sus personas bonitas o personas-poema en el espacio privilegiado de su memoria de palabras y las define, además, como “personas escribibles”. Recuerdo que me pregunté cuántas “personas escribibles” se han cruzado en mi camino. A la primera, le dedico esta semblanza.

 

Enlaces consultados:

Todos los versos en cursiva han sido extraídos del libro Poemas impertinentes, de Berbel (Mercurio Editorial, 2020).

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