K-narias: las pioneras del reggaeton isleño

Yo tu Gara y tú mi Loida

El año en el que Gara y Loida aparecieron en la tele, mi amiga S. y yo decidimos que queríamos ser gemelas. Por aquellos tiempos ya todas las niñas teníamos grabada a fuego la imagen de varias parejas de niñas famosas tan iguales como dos gotas de agua: estaban las hermanas Olsen o Lindsay Lohan haciéndose pasar por dos versiones idénticas de sí misma en Juego de gemelas. Todas ellas eran interpretaciones occidentalistas, suavitas y algo pícaras —pero no mucho—, de lo que suponía tener adosada a una personita con los mismos moños y el mismo peto vaquero y la misma sonrisa de dientes separados que tú. Hasta 2005, ser gemela nos parecía una experiencia llamativa, pero, de ningún modo, realizable. Hasta que llegaron ellas: K-Narias. Nada más verlas, supimos que para la próxima Escala Hi-Fi del barrio, S. y yo íbamos a metamorfosearnos en hermanas clavaditas.

En los descansos de las noticias de Televisión Canaria, empezó a repetirse esa escena que nos obsesionaba: dos chicas canarias tiznadas de grasa de los coches, vestidas de mecánicas y cantando:

boriqua (¡ha!) morena (¡ha!) dominicano (¡ha!) colombiano (¡ha!)
boriqua (¡ha!) morena (¡ha!) cubano (¡ha!) mexicano (¡ha!)
oye mi canto

Eran Gara y Loida Hernández Rubio, dos gemelas de 20 años, nacidas en Tenerife, el 12 de enero del año 1985. Para nosotras, estas mujeres supusieron dos grandes descubrimientos: el primero, se puede ser gemela y cantante; el segundo y más relevante a largo plazo, se puede ser mujer (canaria) y cantante de reguetón. El primero era un espejismo: mi amiga S. y yo podíamos ponernos la misma visera y el mismo culotte blanco, pero seguiríamos siendo hijas de distinta madre. La gente no nos iba a confundir por el hecho de llevar el mismo peinado. El segundo tiene consecuencias que se extienden hasta nuestros días: K-Narias fueron las pioneras. Abrieron esa puerta difícil de abrir para todas las otras.

Las primeras del reguetón

Como es obvio, S. y yo desconocíamos la importancia que las hermanas Hernández Rubio iban a tener en la historia de la música urbana en Canarias y en el resto del mundo. Para prepararnos la actuación, vimos y vimos el mismo videoclip de aquel primer éxito chatarrero de K-Narias —Oye mi canto—, pero sabíamos muy poco o prácticamente nada de los orígenes de esas dos artistas que nos deslumbraban.

No es casual que el fenómeno de K-Narias se gestara en las islas. Cuando apareció el primer álbum, hacía muy poco que el reguetón había aterrizado en el archipiélago. Se trataba de un territorio que congregaba una serie de características histórico-culturales que, con posterioridad, iban a hacerlo funcionar como puerta de entrada a Europa del reguetón. Como explica Aïda Comprubí en un capítulo titulado Y dime qué pasó, el ritmo se prendió del libro Making Flu$, Canarias se convirtió en el nexo perfecto entre el Caribe y sus diásporas al otro lado del océano. “Entre estas intersecciones se ubican los orígenes del reguetón: un entretenido laberinto de migraciones, intercambios culturales e historias compartidas que contradicen todas las narrativas hegemónicas que nos han querido inculcar. La pureza musical no existe […]”.

Uno de los primeros grandes responsables de la divulgación del reguetón dentro del archipiélago fue Deejay Dario. Lo hizo a través de su espacio radiofónico en Radio Mega Latina, 90 minutos con Deejay Dario. Gracias a él y a muchos otros amantes del nuevo sonido, a principios de la década de los 2000, a la comunidad isleña le estaba empezando a sonar familiar ese beet que bebía de géneros como el dembow o el hip hop. Los nombres de Daddy Yankee, Don Omar o Lorna ya se escuchaban en las fiestas y en las calles, pero no había nadie a este lado del mundo haciendo reguetón. K-Narias fueron las primeras en lanzarse. Aparecieron como de la nada y mi amiga S. y yo, como casi toda la gente que nos rodeaba, nos quedamos con los ojos como chernes delante de la imagen de la tele. Pero nadie sale del vacío: había una historia detrás del gran éxito de esas gemelas.

Guitarras usadas, Don Omar y tuning

S. y yo teníamos apenas cinco años cuando tuvo lugar el primer debut como cantantes de K-Narias. Fue en una tienda de Cash Converters de Santa Cruz de Tenerife, y el hecho de que se diese en una tienda de objetos usados resulta muy simbólico: ambas provenían de un barrio humilde, —Añaza—, y sus padres no tenían grandes recursos para comprarles instrumentos nuevos.

En los albores del siglo XXI, las afirmaciones clasistas sobre Añaza abundaban —aún hoy lo hacen—. En una entrevista de 2019 para El Día, las hermanas Hernández Rubio cuentan que en un principio les resultaba conflictivo hablar de su procedencia: “[…] nos catalogaban como quinquis solo por proceder de allí, pero es un barrio humilde del que han salido muchos artistas”, explica Gara. Tanto era así, que, en la entrevista que aparece en el texto de Comprubí, las artistas explican que algunos promotores pretendían bajarles el caché solo por venir de esa zona de Tenerife. “En su momento no llegamos a renegar del barrio, pero tuvimos que dejar de decir de dónde éramos por los problemas que nos ocasionaba, incluso siendo disco de oro y número uno en ventas en Canarias durante diez años, hasta que dijimos no y que el que quiera querernos que lo haga sabiendo de dónde somos, de Añaza, con orgullo”, continúa.

Como cuentan en su perfil de Instagram en una publicación del 16 de junio de 2020, la conexión con la música de Gara y Loida Hernández Rubio comenzó mucho antes de aquel debut en Cash Converters a los quince años. Antes de todo, fue el baile. En el colegio no paraban de hacer coreografías y, desde pequeñitas —con unos cinco años—, su padre las apuntó a la Escuela de Danza de Tenerife.

Eran fanáticas del grupo Take That y, especialmente, de su componente Robbie Williams. Lo veían sobre el escenario y soñaban con ser ellas las que cantaban y se movían por el espacio cubierto de luces y humo. “Teníamos alrededor de once años […] cuando soñábamos con ser cantantes. En aquel entonces veraneábamos en nuestra querida playa El Confital. No subíamos a una montaña que daba justo para los focos del aeropuerto del sur. La montaña fue nuestro primer escenario. Nos imaginábamos que los focos eran de un superpabellón repleto de fans que coreaban nuestras canciones. Y ahí estábamos las dos, con unos cepillos del pelo que utilizábamos como micrófonos. No lo sabíamos, pero estábamos proyectando y atrayendo la realidad de nuestro futuro”, explican en la misma publicación de Instagram. Entre aquellas niñas, que realizaban el simulacro de un espectáculo con un cepillo del pelo como micrófono, y las K-Narias de ahora ha pasado mucho tiempo. En un programa de Canarias Mediodía de 2015, comentan que aún hoy les cuesta entender que han conseguido lo que siempre habían deseado.

A los doce años fue cuando empezaron a insistirle a su madre para que les comprase esas primeras guitarras. Comenzaron a asistir a lecciones de guitarra y solfeo. Luego, tuvo lugar ese primer debut en Cash Converters, con una pequeña orquesta, la escuelita que necesitaban para el nuevo mundo de los escenarios. Al año siguiente, con dieciséis, les ofrecieron la posibilidad de empezar a trabajar como gogós en las mejores discotecas de Canarias. Ahí lograron hacerse un hueco como bailarinas profesionales y consiguieron acompañar —en calidad de bailarinas, pero también de coreógrafas— a grandes artistas internacionales que venían al archipiélago, como Paulina Rubio o Carlos Baute, entre tantos otros. A los dieciocho, volvieron a contratarlas en una orquesta tinerfeña de prestigio.

Fue a los diecinueve años cuando llegó su gran oportunidad. En 2004, tuvo lugar el festival Reggaetuning en Santa Cruz de Tenerife, un encuentro novedoso que mezclaba la pasión por el tuneo de los coches con el amor por el nuevo género de moda. Don Omar, uno de sus grandes referentes, estaba allí y llegó a sus oídos que las hermanas Hernández Rubio, además de bailar fenomenal, cantaban. Los productores del artista puertorriqueño se fijaron en ellas y decidieron hacerles una prueba en Madrid. Les encantaron. Viajaron a Puerto Rico con la intención de grabar su primer disco: 40 entre las dos. Luny Tunes y Noriega se encargaron de producir el álbum. A finales de noviembre de 2004, Gara y Loida lanzaron uno de los trabajos musicales más vendidos en la historia de Canarias. Ya solo en el primer trimestre de vida, 40 entre las dos vendió cincuenta mil copias en las islas.

Temazos a tutiplén

40 entre las dos se convirtió en el furor de la época. A finales de ese mismo año, K-Narias actuaron en el Madison Square Garden en Estados Unidos, delante de más de 25.000 personas. Pero este primer disco fue el primer bloque de cemento de la enorme casa que es carrera musical. Al año siguiente, en 2006, llegó el nuevo álbum: Hombres con pañales, que vendió más de 35.000 copias y cuyo título dejó entender lo que querían contar estas mujeres. En 2007, K-N. En 2008, Cuando seas grande lo entenderás. Luego, La trayectoria (2010) o Yes we are (2013), que llegó a más de 10.000 copias vendidas.

K-Narias han explorado una amplia diversidad de sonidos que van desde el reguetón o la salsa al latin pop. Nos han dejado grandes temazos que atesoramos como pequeñas estampitas de la Virgen de Candelaria. No te vistas que no vas es nuestro padrenuestro particular y Salsa con reggaeton una especie de himno patrio que cantamos con la boca llena. Cada vez que llegan las fiestas de diciembre, no entonamos villancicos, sino Un pedacito de Navidad. Y siempre guardamos, en algún cuartito de nuestra memoria, grandes canciones como No vale la pena o la reciente Mujeres, su particular manifiesto feminista.

Gara y Loida Hernández Rubio participan de nuestra historia como comunidad isleña e intervienen en el concepto actual de canariedad. A parte de eso, y aunque ya tenemos la plena convicción de que hay que ir dejando atrás esa manía de hablar de las mujeres artistas —y deportistas, camioneras, bomberas…— como una excepcionalidad —una costumbre que, más que visibilizar, imposibilita la normalización de la presencia de las mujeres en el espacio público—, es cierto que dos mujeres canarias haciendo reguetón, en aquel momento, fue excepcional. Una rareza hermosa que hizo que muchas niñas creyésemos tanto en nuestras posibilidades, que incluso llegásemos a la convicción de que, no solo podíamos ser cantantes de reguetón, sino que, también, podíamos ser gemelas si nos lo proponíamos con mucha fuerza.

Porque tú tiempo ya pasó/ Y es que sin ti yo estoy mejor

“Desde el comienzo, con 19 años, tuvimos claro que nuestras canciones no iban a ser lo habitual en reguetón, sino que defendimos un mensaje de igualdad y de respeto”, explica Gara en la entrevista para El Día. “Hombres con pañales respondía a esa posición, sobre todo el tema Dicen lo que les conviene. El reguetón nació en los barrios más humildes para expresarnos libres y sin tapujos, por lo que no nos quejamos de las canciones sensuales, que nos encantan, pero sí de aquellas que no respetan a la mujer y que la colocan en la cocina y planchando. Pero el machismo también se da en el pop, el R&B, el rap, la televisión…”.

Una de las cosas que más nos gustaba de K-Narias, a mi amiga S. y a mí, era que podíamos mandar a freír chuchangos a los hombres vestidas con un culotte y una camisa recortada. Cuando estas dos hermanas irrumpieron en el panorama canario e internacional, hubo muchas personas que asumieron que el hecho de que llevaran ropa apretada implicaba que no tenían nada interesante que contar. “Nos decían que seríamos un producto de verano, que al vestir sexy nadie nos iba a tomar en serio, que debíamos colaborar con hombres para triunfar, pero en una firma de discos vimos que el 90 por ciento de nuestro público eran mujeres que se sentían identificadas con nosotras y eso nos reforzó como artistas y también como personas”. Dentro de un género musical dominado por hombres —igual que la mayoría de géneros y espacios públicos, en general, en la historia del capitalismo—, K-Narias sobrevivieron al paso de los años gracias al abrazo calentito de una gran comunidad de mujeres canarias (y del resto del mundo). Y eso fue lo que sentimos mi amiga S. y yo aquella primera vez, en los descansos de las noticias de Televisión Canaria del 2005: un abrazo calentito, la confirmación de nuestra identidad, nuestra verdad y nuestro valor. Esa música era para nosotras, la habían hecho para S. y para mí; nos representaba. Y por eso la Escala Hi-Fi fue un éxito. Vibramos. El barrio entero vibró con Las K-Narias.

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