Olga Rivero Jordán y YouTube en aleatorio

Leo ‘Antología’, el volumen con el que la Biblioteca Básica Canaria recoge parte de la obra de Olga Rivero Jordán, mientras oigo música en YouTube. El orden de las canciones es aleatorio, pero no funciona como el aleatorio de una playlist de Spotify: YouTube nos conoce. Nos estudia durante años, se amolda a nuestras búsquedas, sabe qué vídeos vemos en secreto, cuáles ponemos después de comer, las canciones que tiene que recomendarte si, porque entras desde el ordenador, delatas que vas a poner música de fondo. De esta relación con YouTube (la cual empezó, en mi caso, cuando tenía 10 años y uno de mis primos me enseñó un sitio mágico en el que podías ver videos de caídas graciosas) saco ahora un mix musical muy raro: Mecano y luego Lorde y luego C. Tangana y luego Paramore y luego Cariño. Son mis canciones, yo las elegí. Mis huellas están impresas en ellas como cuando comes pizza y ensucias el vaso del que bebes. Sin embargo, su orden no me parece natural: YouTube se sabe mis símbolos y los combina de formas que crean otros mensajes. Me muestra como soy, pero entrecruzada. Enseña mi paisaje interior, pero no como es: en la playlist no hay pinos que muerden las nubes ni hierba que crece deprisa ni matos tan secos que parecen pelos sucios. Hay, más bien, montañas que pisan los tenis. Y esa imagen de mí (Phoebe Bridgers y luego Shakira y luego Rosalía) me enseña, creo, mejor que cualquier lista que yo haga: las canciones son símbolos que crean un artificio con el que mi interioridad queda expuesta. No sé si tiene sentido, pero leo poemas de Olga Rivero Jordán mientras mi paisaje interior me rodea y siento que ambas cosas encajan: su poesía, me parece, está tan viva como el pensamiento, como lo orgánico del habla, como una mirada que acumula y después enreda porque el nudo es lo único que puede mostrarnos sin anudar.

Olga Rivero Jordán

Olga Rivero Jordán nació en La Laguna en 1928 y falleció el 14 de abril de este año (2021). Fue poeta y trabajó como telefonista. Es autora de los libros ‘Los zapatos del mundo’ (1982), ‘Girándula’ (1993), ‘La imaginista de sueños’ (2003), ‘Poesía inédita 1977-2004’ (2004) (volumen que contiene los poemarios ‘La piel del bosque’, ‘Solo de siluetas’, ‘Poemas a los cuadros de una exposición de Grecy Amores’, ‘Lenguas de lluvia’ y ‘Esgrima de espejos’), ‘Memoria azul’ (2009) y de la recientemente publicada ‘Antología’ (2021), parte de las nuevas publicaciones con las que se ha intentado equilibrar una Biblioteca Básica Canaria en la que pesaba la ausencia de autoras. Su formación fue autodidacta, y a mediados de los 70 comenzó a publicar textos en revistas como ‘El buey de las estrellas’, ‘Campus II’ o ‘Taramela’, además de en diarios como ‘La Tarde’ o ‘Diario de Avisos’. Por esta época inició, además, una tertulia con poetas jóvenes en el Ateneo de La Laguna. En 2018, la Asociación Cultural Canaria de Escritores/as le otorgó el Premio Victorina Bridoux de las Letras.

Roberto Cabrera dice que Olga Rivero Jordán “parecía vivir solo para crear en sus folios la novela del mundo”. Esta idea nos acerca a una poeta que, a través de su extensa obra, configuró una poética capaz de esbozar el retrato de una mirada que se anudaba, como decía, para mostrarse desanudada, y capaz también de ubicar en una creación que Cabrera califica de “existencialista” las coordenadas de un momento social que la autora transitó con especial dureza, pues su padre, Luis Rivero, primer teniente alcalde del Ayuntamiento de La Laguna, fue preso gubernativo tras el Golpe de Estado de 1936. Su poesía, una voz que mantiene su ritmo y su color tanto en verso como en prosa, recorre la interioridad de un yo que se define a sí mismo a través de lo onírico, de lo penumbroso, de lo erótico y lo corporal, entendiendo la corporalidad propia también como la corporalidad de un mundo que da sombra: como ocurre con los sueños (como ocurre, también, con las playlists aleatorias de YouTube), los poemas de Rivero Jordán están compuestos, o eso me parece, de imágenes guardadas en una memoria a la que solo se accede a través del juego. Como si el lenguaje contuviera una contraseña que hay que buscar, y como si esa búsqueda tuviera que hacerse a través de claves que, poco a poco, delatan que ellas mismas son lo buscado. En sus textos no existe el tiempo (a pesar de que la poeta asegura que “lejos del tiempo/hubiese escrito/sin más detalles”), pues la memoria, lejos de reproducir lo ya sucedido, entrecruza para dar lugar a una materialidad nueva.

El “yo”

Leer a Olga Rivero Jordán me enfrenta a una parte de mí que detesto: la que instintivamente entiende que una escritura del yo es aquella que contempla el yo. Me costó entender que escribir sobre y desde el cuerpo propio puede ser, también, escribir sobre y desde lo que solo el cuerpo propio capta y filtra. Los poemas, por ello, pueden ser miradas. Trazos que definen el yo a través de lo que se aprieta al yo. Lugares y presencias que reivindicamos como sublimes y a los que solo puede llevarnos el carruaje de lo poético, pues lo poético es esa intención de hacer entendible la belleza o, en palabras de la escritora Luna Miguel, de “fijarse en esto y en aquello”. Pienso muchas veces que lo que define quiénes somos (y también quién es alguien como poeta) es, simplemente, en qué nos fijamos. A través de la búsqueda de que se mire lo mirado, se logra la voz. Una voz que, en el caso de Olga Rivero Jordán, se delata en relación erótica (porque es táctil, porque busca el estímulo) con lo que se hace existir dentro del poema. Las luces y los olores pasan por el filtro del yo y, solo a través de él, se concretan y se definen, como ocurre en los versos “no es el sol que calienta/es el sol malo de la fiebre”. Por eso esa contemplación del yo que inevitablemente busco sucede a través de la contemplación de los límites que hay entre el yo y el mundo, entre el yo y el otro, y por eso cartografiar la belleza del mundo y del otro nos lleva a nosotras: “mi cabeza es un ojo bailando sin piernas”, dice Rivero Jordán. Ocurre lo mismo, a lo mejor, con Annie Ernaux en la novela ‘Los años’, en la que practica un tipo de autobiografía con el que pretende recogerse sí misma a través del retrato de las voces que tiene alrededor, de las voces que vieron lo que ella vio. El yo es (y es ahí cuando su presencia se hace más fuerte) la sombra del yo. “Hierve la vida/en un cóctel de lluvia/que ahora es solo una mueca/de sombra”, escribe la poeta. También: “no hay un triste carruaje/que me lleve/a la sombra/de mi árbol preferido”.

Decir

A veces me pregunto qué es escribir. Sé que es una duda muy vaga, pero, si empiezas a planteártela de verdad, sientes angustia. Confieso que en ocasiones dudo de la escritura, y también confieso que los poemas de Olga Rivero Jordán (leídos mientras oigo a Lorde cantar Supercut en directo, después a Carolina Durante) disipan ese malestar: yo creo en el habla. Y no precisamente en el habla de la comunicación: creo en el habla del cuerpo. En lo que se dice sin pretender decir nada, o al menos en apariencia. Creo en lo que configura su propio sentido. Esto último lo aprendí, como les decía, leyendo a esta poeta: el sentido del poema solo existe en el poema, pues el sentido del poema es, sencillamente, el poema mismo. Lo mismo que ocurre con un balbuceo que sueltas con la frente pegada al cristal de la guagua. O con las frases que no puedes evitar soltar (como quien suda) durante el sexo. Un poema es un instante. No un instante recogido, sino un instante creado: los de Olga Rivero Jordán, por ejemplo, me parecen segundos (algunos más breves, otros más largos) que nunca viví. Que estoy viviendo, sin embargo. Y eso me salva de la angustia: creo en el habla, en el aire que solo sale así a través de estos dientes, en los charcos de saliva que empañan algunas sílabas. Y eso también existe en la escritura. “Vi desfilar las piedras/de una calle azul/con un violín de niebla/al fondo” también es habla orgánica. “Sombra del pino/luz abierta/seda que filtra/el sonido del sol” también es algo que no puede repetirse. Algo que deja entrar el espacio en el poema y nos explica, sin tener que explicarlo, que escritura es cuerpo, no solo el cuerpo que recuerda sino también el cuerpo que crea.

 A Olga Rivero Jordán, que ya no está con nosotras, le diría algo que ella misma escribió: “dejé tu voz caída/y por siempre/recogeré el sonido”.

Mientras la leo, Lorde me dice a mí: “but it’s just a supercut of us/supercut of us”. 

Bibliografía

  • Miguel, Luna (2015). ‘Los estómagos’. Madrid: La Bella Varsovia.
  • Rivero Jordán, Olga (2021). ‘Antología’. Gobierno de Canarias.

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