Querida Natalia Sosa Ayala

Natalia Sosa Ayala, a quien se le dedica el Día de las Letras Canarias 2021, es un referente de desafío al sistema heteropatriarcal a través de la escritura autobiográfica

Querida Natalia Sosa Ayala:

Me asusta un poco escribir esto. Me da vergüenza. Estoy sentada en el sillón y tengo un libro tuyo debajo del muslo; hasta hace un rato, estaba colocado en la mesa de la cocina de mi piso, junto a un plato lleno de manzanas y kiwis y un bote de jugo de naranja. A veces, cuando estoy comiendo, hojeo el libro y me paro en cosas, mastico algunas imágenes, me aprendo un verso o dos, recuerdo, sobre todo, el día que llegué a él. Estaba esperando a mi madre y me senté a leerlo en un bar. Me gustaba mucho la portada: una foto tuya con la mano en la barbilla, el dedo en la boca, un gesto muy delicado; sentí, al empezar, que algunos de tus poemas eran justo esa postura. Acariciarse los labios suavemente, sorprenderse de su tacto. De sus caspas, a lo mejor. Te leí deprisa; esa primera vez, subrayé algunas cosas con un boli azul. Por ejemplo: “bajo un velo de luz/de gozo o de tristeza/tu latido y el mío”. O “los ligeros tesoros,/tenues como mi nombre”. O “yo bendigo, extraño creador de virtudes lejanas,/las manos que me diste”. Sé, sin embargo, que al principio no te entendí del todo: llegué a una capa que me hizo querer leerte muchas veces, y gracias a eso he podido desenredar algunos de tus poemas. Y he vuelto, siempre, a enredarlos: me parece que deben estar así. Tu escritura, creo yo, fue para ser leída muchas veces y quedarse después intacta y latiendo junto a un frutero improvisado en el que las manzanas ya se están pudriendo. Hace calor. Quiero escribir algunas cosas sobre ti y explicarte, si es que puedo, de dónde viene mi vergüenza.

Tú ya no estás, claro, y, aunque te escribo, esta carta no es para que la leas: es para hablar de ti. Así que tengo que enmarcarte. Naciste en 1938 en Las Palmas de Gran Canaria. En 1955, aparecieron tus primeros textos en el semanario ‘Antena’; publicaste poemas, textos narrativos, entrevistas y crónicas en ‘Mujeres en la isla’; también publicaste crónicas en medios como ‘Diario de Las Palmas’, ‘La Provincia’ o ‘El Eco de Canarias’. Eres autora de los poemarios ‘Muchacha sin nombre y otros poemas’ (1980), ‘Autorretrato’ (1981), ‘Diciembre’ (1992), ‘Cuando es sombra la tarde’ (1999) y el libro póstumo ‘Los poemas de una mujer apátrida’ (2003). En 2018, Torremozas publicó la antología ‘No soy Natalia’, y ahora, en 2021, ‘Soy éxodo y llegada’, acercando así tu poesía a quienes no habíamos llegado antes a ti. También publicaste las obras en prosa ‘Stefanía’ (1959), ‘Cartas en el crepúsculo’ (1963) y el volumen ‘Desde mi desván y otros artículos. Neurosis. Cartas’ (1996). Falleciste en 2003, y este año se te dedica el Día de las Letras Canarias, un justo homenaje a una de las escritoras más importantes de nuestro archipiélago. Dice Blanca Hernández Quintana que tu poesía “habla de silencio y opresión con una voz que, desoyendo el discurso hegemónico, escribe sobre sí misma”.

Tu nombre

El libro que vive en mi cocina es ‘No soy Natalia’. La idea de nombre siempre me ha resultado fascinante. Me gusta pensarla una y otra vez y marearme, o pensar una y otra vez en los nombres de las personas a las que quiero y marearme también. Sin embargo, suelo partir de una voluntad de afirmación: suelo necesitar decir sí, sí, este es mi nombre, este es el nombre de mi madre, de mi hermana, de mi perra, nosotras les damos el significado y nosotras los pintamos en las cabezas de quienes nos piensan. Cuando me ha chocado ser ‘Aida’, lo he solucionado arrastrándome dentro de mi nombre y llenándolo de mi suciedad y gritándole yo soy yo y yo soy yo y solo yo soy yo. Pero tú escribes esto: “Mas yo, yo no soy yo./No soy Natalia”. Y ‘Aida’ empieza a picarme. No sé si me costó comprender lo que hay detrás de tu nombre; sí sé que para mí fue un choque. Aprendí, leyéndote por primera vez en ese bar, que hay muchos caminos que llevan a la afirmación: uno de ellos puede ser negarse. Entender que nuestro nombre es el sonido que tenemos en las ideas de las otras personas, lo que somos para ellas, y que a veces (casi siempre) las opresiones son más grandes que nuestra voluntad de hacernos ver dentro de la palabra que eligieron para vestirnos. A veces somos machangos de madera que quieren quitarse la camisa y tienen prohibido extender los brazos.

El nombre es exigencia. Es el rastro de quien nos imaginó antes de que existiéramos. Es identidad, o es, más bien, el peso de una identidad que aún no ha pasado por nosotras, que aún no hemos enunciado ni comprendido, que aún no tiene luz y se nos abre como el cuarto de las papas de la casa de mi abuela: hueles la tierra, hueles incluso las paredes de cemento desnudo, no ves nada y puedes creerte el cuento, extendido por tus primos mayores, de que hay un alacrán gigante esperando para picarte hasta en los párpados. Natalia, yo, después de leerte varias veces, empecé a sentir que cada una de tus palabras es una mechita prendida en el cuarto de tu nombre. Que las encendías para definirte porque, allí donde tú estabas, algunos términos convencionales no valían para nada. “Hubiera sido hermoso ser senda o ser camino,/tener forma de árbol o ser rosa”. “Yo quería tener un corazón de lila/y ser una pradera interminable”. Estamos encerradas en nuestros nombres: eso lo aprendí de ti. Y tú, para dejar de creer en el alacrán, construiste trenzas y nudos de imágenes y de palabras que te explicaban mil veces mejor, que nos explicaban mil veces mejor a todas las que vinimos después: a veces siento que escribiste algunas cosas para mí. Eso, que es lo que me da más vergüenza, te lo contaré luego. A ver si atino a hacerlo bien.
“Pero sé que al mirarte/habrá un nombre que oculte”, dices.

Tu patria

“El verso sí fue mi patria/en la agonía sin nombre del exilio”. Escribías sobre ti. A pesar de una tradición literaria en la que lo autobiográfico forma parte de lo menor, de lo evitable. Y a pesar de ser, claro, mujer y lesbiana durante el franquismo. Escribías sobre ti porque estabas construyendo tu patria en la escritura. En tu poesía, la patria es el lugar en el que podemos reconocernos tal cual somos y establecer nuestras normas y contornos: es el lugar en el que podemos llamarnos como de verdad queremos, ser lluvia, ser césped, ser una luz que recorre unos labios queridos y nos entra luego a través de la respiración. Escribías, o eso me parece, para crear un lenguaje con el que poder decir cosas que no podían ser dichas de otra manera; para desafiar a una exterioridad que negaba tu interioridad; para poder existir. Porque, sin patria, no existimos: “No estar es la palabra radical que conozco,/los primeros signos que aprendí siendo niña”. Tu escritura fue el espacio de resistencia en el que desplegaste una valentía que me hace morderme las uñas.

“Si vieras que soy ruda/porque solo soy tierna/¡y tengo tanto miedo/a morir de ternura!”. Una de mis cosas favoritas de leer a autoras es poder asistir a una especie de exhibición de la vulnerabilidad. De la consciencia de que no hay que estar entera ni recubierta de una piel durísima ni terminada. Pero en ti, Natalia, descubrí otra cosa: que la búsqueda, además de material literario, puede ser uno de los fondos de la escritura, puede ser algo mostrado, compartido, y podemos decir tengo miedo de ser tierna. Tengo miedo, soy vulnerable, quiero mi patria. Y amo así y mucho. Mercedes Arriaga-Flórez explica en ‘Mi amor, mi juez: alteridad autobiográfica femenina’ (2001) que el uso de la escritura autobiográfica por parte de las autoras rompe con el carácter póstumo y testimonial de los géneros autobiográficos clásicos: ellas no escriben para que sus vidas se recuerden en el futuro, sino para que sus vidas existan en el presente. Para dialogar con la cultura heteropatriarcal y con las personas que habitan sus mismas periferias. Eso me hace pensar, claro, en tu poema ‘La extranjera’. Escribes: “Para siempre la sed de tu voz ida/que susurre a mi pena: compatriota”.

Los símbolos recurrentes de tu poesía son, al menos para mí, tu patria. Sentirte más explicada por los animales, por las raíces, por las nubes, por las gotas, por las flores, por el dolor, por las trenzas, por las risas, por “las sublimes paredes del pecho” y por la locura que por tu propio nombre. Hacer del cuerpo, también, algo que puede escribirse: “si tú quisieras, si tú aceptaras mi sed/y la ahuyentaras”.

Me da vergüenza escribirte, Natalia, porque yo también soy mujer y lesbiana y también quiero ser lluvia y leo tus poemas mientras como y siento que, en parte, escribías para que alguien como yo llegara a ti. Sobre todo quiero decirte que no soy tu compatriota: más bien, diría que mi patria es tu escritura. Mi patria es Natalia Sosa.

Tu sombra

En febrero estuve en la presentación de ‘Soy éxodo y llegada’ (2021), el volumen con el que la editorial Torremozas termina de recoger tu poesía, en la Casa de Colón. El libro lo presentaron Marta Porpetta, editora de Torremozas, y la profesora e investigadora Blanca Hernández Quintana; hubo un momento en el que Blanca, emocionada, dijo que por fin te reconocíamos como tú querías. No hablaba del reconocimiento del libro ni del Día de las Letras Canarias, por supuesto: hablaba, creo, de que por fin entendemos tu nombre. Por fin podemos hablar de lo que tú hablabas; por fin podemos disfrutar de la libertad con la que tú soñaste; por fin podemos reconocernos en ti y sentir cómo, a lo mejor sin pretenderlo, nos acogiste. A mi lado había sentadas dos amigas escritoras, Tayri Muñiz y Paula de Vega. Las miré. Sentí tu sombra sobre nosotras, en la voz de Blanca y de Marta, en las paredes, en lo tenue que se estaba volviendo ya la luz, y descubrí que la escritura, más allá de las cuestiones de siempre, sí sirve para algo: desafía, ayuda a vivir, cuida.

Y me asustaba escribirte, Natalia, y sigo teniendo tu libro debajo del muslo, y ahora estoy recordando que ese día comimos y nos reímos y sentimos que nos habíamos juntado para celebrarte, y me da vergüenza porque me parece que me apropio, quizá, demasiado de ti; que no debería pensar tanto en lo importante que es que mujeres como Tayri, Paula y yo te leamos; que no debería haber tenido ganas de llorar al escuchar las palabras de Blanca. Sin embargo, soy mujer, soy lesbiana, soy canaria, y sé que, si no te hubieras atrevido a existir, quizá sin saberlo, ruidosamente, yo no habría podido entenderme igual. Cuidaremos tu legado, Natalia. Estás a salvo con nosotras; nosotras lo estamos contigo. Solo quería decirte eso.

PD: Me gustaría dedicarle esta carta a Blanca Hernández Quintana, quien ha invertido gran parte de su vida en investigar sobre tu obra y acercarte a nosotras y nosotros.

 

Bibliografía

  • Arriaga-Flórez, Mercedes (2001). ‘Mi amor, mi juez: alteridad autobiográfica femenina’. Barcelona: Anthropos.
  • Sosa, Natalia (2018). ‘No soy Natalia’. Madrid: Ediciones Torremozas.
  • Sosa, Natalia (2021). ‘Soy éxodo y llegada’. Madrid: Ediciones Torremozas.

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