Seña Lugina, una santiguadora canaria

Cuando pasabas un día entero en la playa en el que el sol rajaba las piedras, al día siguiente ibas con un dolor de cabeza tremendo a casa de tu bisabuela, de tu abuela o de tu vecina a que te sacara el sol. Cuando pasabas noches sin dormir, ibas a que te cortasen el susto. Cuando pasabas la tarde con las puertas abiertas y fuertes corrientes, tenías que ir a que te curasen el mal aire al día siguiente. Y cuando una criatura en la familia no paraba de llorar, ten por seguro que la iban a llevar a que le quitasen el mal de ojo.

A algunas personas estos conceptos propios de la cultura del santiguado canario les sonarán poco familiares, a otras nos resultarán tan cercanos como propios. No obstante, es innegable que este tipo de prácticas forman parte de nuestro acervo cultural. Las santiguadoras, en su mayoría mujeres, desempeñaban un oficio propio de la mezcla de nuestras creencias nativas y el sincretismo católico que aún a día de hoy sigue desempeñándose en zonas rurales, a pesar del declive que ha sufrido con el paso del tiempo.

Ahora bien, son muchos los nombres que resuenan en el imaginario colectivo de las Islas cuando hablamos de ellas, a muchas de nosotras se nos viene a la cabeza los nombres de nuestras vecinas o de nuestras propias abuelas. Pero, en este caso en concreto, vamos a hablar de una tinerfeña muy querida y respetada por su pueblo, la cual quedó grabada en la memoria de muchos por sus servicios en la zona de La Laguna y los pueblos de Anaga. Su nombre es Doña Eloína Expósito Mendoza, más popularmente conocida como Seña Lugina.

Quién es Seña Lugina

Seña Lugina, natural de las Mercedes (Tenerife), nace en el año 1887 y fallece en 1980. Durante su vida residió en diferentes zonas de la comarca. Al principio vivía en Las Canteras, pero más tarde se mudó a San Lázaro. No obstante, acabó asentándose hasta el final de sus días en San Benito, un barrio de La Laguna.

Como muchas de las mujeres de la época, nunca recibió educación y trabajó desde muy joven como sirvienta. A sus cuarenta años se casó, y fue a partir de entonces cuando dejó su trabajo como criada y comenzó como lechera.

Y es que Doña Eloína nunca dejó de trabajar para desarrollar su papel como santiguadora, sino que, por el contrario, formaba parte de sus quehaceres cotidianos. Hacía así malabares entre el trabajo, la casa, la familia y el santiguado.

En un contexto en el que ir a la escuela era “cosa de hombres”, el sector femenino de la población campesina era analfabeto. Por ello, la dedicación a las actividades de santiguadora supuso para Seña Lugina, al igual que para la mayoría de mujeres dedicadas a este oficio, una forma de llenar ese vacío cultural y social que la estructura machista y clasista dejaba en la vida de las mujeres.

Fue su espíritu despierto y su inquietud por aprender los que la condujeron a introducirse en el mundo de las santiguadoras, así como a querer formarse de manera autodidacta. Y es que, aunque Seña Lugina no sabía escribir y leía con mucha dificultad, en el momento en el que se apagaban las luces de su casa y la actividad cesaba, con una vela encendida y con su cartilla escolar, ella sola aprendía sus primeras letras.

El santiguado como oficio

El oficio de las santiguadoras se abre como una variante dentro del curanderismo canario, centrándose en la curación y la liberación de los males causados por las enfermedades culturales. Y es que, por un lado, tenemos las enfermedades reconocidas por la comunidad científica y médica y, por otro, las tratadas por las santiguadoras, las cuales en su mayoría son psicosomáticas.

Se trata de un sector ampliamente feminizado. De hecho, Seña Lugina advierte una estratificación de género dentro del oficio del curanderismo en general. Mientras los hombres curanderos son los que se dedican a tratar las heridas y enfermedades referidas a dislocaciones de huesos o desgarramientos musculares, las santiguadoras tratan aquellos males psicosomáticos.

La aplicación de la señal de la cruz, en conjunto con una serie de rezos determinados para cada caso, son la base de las prácticas de las santiguadoras para poder liberar al afectado de su mal. La fe es indispensable en el proceso de curación, tanto por parte de ella como del enfermo en cuestión.

Es un oficio enseñado de generación en generación por vía oral, en la mayoría de los casos de madres a hijas. No obstante, en muchas otras ocasiones eran las vecinas las que enseñaban a santiguar a aquellas interesadas en estas prácticas, como sería el caso de Seña Lugina.
La creencia popular de estas enfermedades culturales y el papel que desempeñaban las santiguadoras hunden sus raíces, como ya adelanté, en la mezcla de las creencias nativas de Canarias y el sincretismo católico.

Y es que en las sociedades precoloniales ya las mujeres tenían un papel importante en prácticas curativas y rituales relacionados con la naturaleza, la fertilidad y la tierra.

No obstante, para poder sobrevivir en el tiempo tuvo que sincretizarse con el catolicismo, dando como resultado lo que hoy entendemos como santiguadoras en Canarias. En suma, ni la incorporación de Canarias a la Corona de Castilla, ni la persecución por parte de la Iglesia o la infinidad de obstáculos pudo condenar al olvido a estas prácticas curativas.

Seña Lugina y sus prácticas como santiguadora

Entre las prácticas que ejercía como santiguadora Seña Lugina se encontraban los rezados, la recomendación de plantas medicinales y la prestación de apoyo en los partos.

En su juventud, Seña Lugina recibía a los enfermos en su propia casa en la que, como medio para resguardarse y evitar atraer hacia sí misma las enfermedades que curaba, atendía en el patio o en el recibidor. Sin embargo, muchas otras veces se trasladaba al domicilio de los enfermos, en especial a los pueblos de Anaga.

Entre las enfermedades culturales que curaba encontramos el mal de ojo, la erisipela, las carnes abiertas, el fuego salvaje, el mal aire, la nigua, la culebrilla, el sol, el susto o el empacho.
Cabe destacar que el mal de ojo es una de las enfermedades más conocidas dentro de la tradición canaria y consiste en el “aojamiento” hacia una persona, criatura o animal por parte de una persona con “fuerza de vista”, es decir, con mucha potencia en la mirada. Una mirada, en la mayoría de casos, de envidia. Aunque en ocasiones se puede echar mal de ojo sin intención ni conocimiento de ello.

En sus prácticas empleaba una cruz de madera de “cornical”, tal y como menciona Domingo García Barbuzano en Prácticas y creencias de una santiguadora canaria (1981), un libro donde se recoge el papel que desempeñó Doña Eloína, así como rezados, creencias y supersticiones que conforman la labor de las santiguadoras como parte del acervo cultural campesino canario.

Ahora bien, pese a que en la familia de Seña Lugina había antepasados curanderiles, aprendió el oficio de sus vecinas. De hecho, acudía a sus casas tres o cuatro días a la semana para poder aprender los rezados, con los que más adelante curaría a muchos enfermos, reestableciendo el bien y liberándolos de sus males.

Entre sus maestras se encuentra Seña María “La Chumba”, quien le enseñó en 1907 el rezado del sol, el cual tiene al menos unos 150 años de antigüedad.

Sol, sol, vete al sol,

Deja a (nombre) su resplandor.

Hombre santo nómine,

Quita el sol y el aire si hay.

Así como el mar no está sin agua,

Ni el monte sin leña,

Ni el cielo sin ti,

Rosa de Cristo,

Coge tus rayos,

Y vete de aquí.

Santiguadoras o brujas

Las santiguadoras se dedican a la curación de males mediante la aplicación o la intervención sobrenatural. Es por ello que, en muchas ocasiones, estas prácticas curativas han sido desprestigiadas, condenadas e incluso temidas por la relación que se le ha hecho con la brujería desde un claro sesgo occidental y católico. Relación que proviene ya desde tiempos precoloniales con el caso de las Harimaguadas o el propio Bailadero de Anaga.

Esta analogía que se hace de la santiguadora o el curanderismo y la brujería, se remonta, por ende, a la época de la Conquista de las Islas donde se produjo la incursión de las autoridades eclesiásticas en ellas.

Desde la tradición judeo-cristiana la mujer ha simbolizado, a la par que transmitido, tanto el bien como el mal. Hecho que podemos ver representado desde la propia dicotomía bíblica entre María, como santa, casta y pura, y Eva, como el pecado en carne en viva. Es por ello que no resulta extraño que a una mujer dedicada a rituales considerados paganos se le relacione con lo demoníaco, aunque esta categorización solo provenga del miedo y del absoluto desconocimiento.
De hecho, Seña Lugina rechazaba todo lo que tuviera que ver con la brujería y con la idea de que se le etiquetara o relacionara con el término de bruja. Pues, tal y como lo defendía ella, y tal y como es en realidad, la santiguadora no es causante de ningún mal, sino reparadora de este y restablecedora del bien. De ahí el aprecio y el respeto que se le tiene a esta figura dentro del pueblo canario.

Ante este debate, muchas santiguadoras y habitantes de Canarias, como Seña Lugina, rehúyen del término bruja como algo que realmente ensucia una práctica basada en la bondad y los cuidados. Mientras, muchos otros deciden apropiarse de este término colonial, pues nada malo alberga el término bruja si es bajo el que se ha definido a las mujeres que, desde épocas precoloniales hasta la actualidad, han dedicado su vida a rituales y prácticas basadas en el bien de la comunidad, de la tierra y de la naturaleza en nuestro Archipiélago.

Conclusiones

Dejando los debates a un lado, es innegable que mujeres como Seña Lugina forman parte de nuestra historia y de nuestro acervo cultural. Una mujer, que haciendo malabares con su vida, su familia y sus obligaciones, se entregó a su pueblo reestableciendo el bien y la paz en aquellas personas que con fe acudían a ella.

En un contexto en el que el despotismo, la pobreza y la represión estaban a la orden del día, las santiguadoras se convertían en un lugar cercano, amable y de confianza al que acudir cuando los mil males te atravesaban. Es por ello que Seña Lugina fue tan amada, respetada y venerada por su pueblo.

Y es que a veces solo hay que creer. Creer en aquellas mujeres que desde su sabiduría y fe nos cuidaron y nos siguen cuidando.