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	<title>Aida González Rossi, autora en Mujeres Canarias</title>
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	<title>Aida González Rossi, autora en Mujeres Canarias</title>
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		<title>María Teresa de Vega: me acuerdo de ‘Necesidad de Orfeo’</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Aida González Rossi]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 30 Sep 2021 12:20:45 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<h2>María Teresa de Vega</h2>
<p><span style="font-weight: 400;">María Teresa de Vega nació en La Laguna. Estudió Filología Románica en la Universidad de La Laguna, habiendo cursado ya dos años en la Escuela de Bellas Artes de Santa Cruz. Ha impartido clases de Lengua y Literatura Española tanto en Tenerife como en Madrid, ciudad en la que vivió durante 30 años. Es autora de los poemarios ‘Perdonen que hoy no esté jovial’ (2001), ‘Cerca de lo lejano’ (2006), ‘Mar cifrado’ (2009) y ‘Necesidad de Orfeo’ (2015); también de los libros de relatos ‘Perdidos en las redes’ (2000) y ‘Sociedad sapiens’ (2005) y de las novelas ‘Niebla solar’ (2009), ‘Merodeadores de orilla’ (2012), ‘Divisa de las hojas’ (2014) y ‘El doble oscuro’ (2018). Ha participado en muchas actividades culturales relacionadas con la literatura de las Islas: por ejemplo, el ciclo Entre Palabras o el proyecto “Santa Cruz, ciudad leída”, para el que se seleccionó un fragmento de su novela ‘Divisa de las hojas’. Fue incluida dentro del grupo de escritores y escritoras G21. La biografía de su página web explica que “ahora vive en Canarias y escribe. Participa en un club de lectura de poesía, envía algún artículo a la sección cultural de un periódico y acude a muchos actos culturales de la isla”. También que “durante muchos años la idea de escribir no estuvo en sus planes. Más adelante, con persuasión, anidó en su cabeza”. Ella misma ha declarado en varias ocasiones que no tuvo, durante una época, el tiempo que necesitaba para escribir. En una entrevista en la revista Dragaria, confiesa que, a pesar de esto, siempre leyó muchísimo: su poesía juega, para mí, con la certeza de las cosas miradas durante mucho tiempo, guardadas en ese lugar de la memoria en el que se aloja lo que aún no puede ubicarse en el recipiente deseado, transformadas por ello, a la hora de convertirse en poesía (me acuerdo de un poema de Blanca Varela: “el poema es mi cuerpo/esto es poesía”), en la afirmación de lo hermoso. A lo mejor por eso, al intentar evocar mis 20 años, pienso en ‘Necesidad de Orfeo’: no solo porque un día conocí a la autora y me senté a ver su presentación y se me encogieron los dedos de los pies al escuchar los versos “quiero crear mi luz. En la oscuridad/ver los árboles que planté, y es asombroso/que yo les diera plena vida”, sino también porque su escritura me trae a este ejercicio de, asombrándome por la belleza que ya experimenté, generar una luz nueva, una belleza nueva y toda para mí. De algunos años, como si estos fueran un poema que se decidiera a desligarse de todo lo que yo no consideré susceptible de ser mirado, solo recuerdo lo hermoso. Precisamente, creo, hacer eso (jugar a “me acuerdo”) es crear tu luz. “Después amamos las palabras”, dice la autora, “solo nuestras y de cada uno”.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Según la poeta Rosa María Ramos Chinea, “la poesía de María Teresa de Vega dialoga con los seres y las cosas para dar lugar a una humanidad que parece abandonarse a la destrucción, al caos. Su lenguaje singular nos aproxima a los secretos de la naturaleza y nos señala el camino hacia el encuentro con la luminosidad y la belleza”. Elena Villamandos, narradora y poeta, afirma que María Teresa de Vega es “un pajarillo que trina desde su rama con la vista puesta en el infinito”. “El profundo misterio de sus versos radica en esa manera de dar forma a la luz que se plasma en el paisaje bajo el que se moldea la idea de lo universal, de la muerte y de la renovación y su disociada y crítica contemplación de la estirpe humana”, explica. La escritora Carmen Paloma Martínez me cuenta que, para ella, esta autora sabe “expresar la atrocidad del mundo con extrema belleza”.</span></p>
<h2>¿De qué me acuerdo?</h2>
<p><span style="font-weight: 400;">Me acuerdo de algunos versos leídos con lentitud: “tengo en mi boca el sabor de la luz/en las lavándulas atrapada”; “quizá porque no fui flor, ni insecto, ni ola vaporosa,/y puedo crearlos a imagen de mis sospechas”; “si fueras tú el oído que alcanzar desea/el resto de los seres”. Me acuerdo de preguntarme, leyendo a esta poeta, cuál es la diferencia entre mirar un paisaje y crear un paisaje: quien mira delimita, compone, otorga significado, pero sobre todo se deja arrollar (o se descubre inamovible) por aquello que, como decía antes, declara hermoso. Sublime. Me acuerdo de que, cuando iba al instituto, una maestra nos explicó lo que era “sublime”; yo no lo entendí, hice como que sí lo hacía, asentí y seguí mirando una diapositiva que, por falta de identificación, olvidé. Me acuerdo de que intenté comprender esa idea, un par de años más tarde, leyendo poesía. Es posible que por eso me sorprendiera leer ‘Necesidad de Orfeo’: sus poemas me llevaron a un lugar que no habría conocido sin ellos.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">La voz poética no intenta descifrar la naturaleza, sino que coexiste con ella y se deja atravesar por el espesor de los árboles, por las gotas de agua sobre las hojas, por el canto del mirlo. Imaginé (me acuerdo) que habían sido escritos mirando un jardín desde una ventana. Creando un jardín nuevo: la poesía de María Teresa de Vega me parece, usando el título de dos de sus poemas, la obra inevitable de una “dama creadora”. “Yo nací sus hojas innumerables/acosté su verde tierno en la mecedora del viento”, dice la poeta. También “el mundo necesitó mis manos para su nacimiento. No ocurre nacido. Toda su memoria está llena de mí”. Y “los ojos arden, mirlo, y es el más delicado incendio/y el más arrasador”. Me acuerdo de la ternura, valor que en aquel momento yo empezaba a reivindicar como salvador; me acuerdo de entender, leyendo este libro, que la ternura también es la capacidad de cuidar la belleza, de buscar convertirla en algo que se pueda habitar, compartir, respirar: “regálame una abeja/con su flor, amante,/regálame su intimidad entera”.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Me acuerdo de que, al principio, cuando empecé a tratar a María Teresa de Vega, me sorprendió su capacidad irónica, su ocurrencia, su humor punzante. Luego, con el tiempo, entendí que esta virtud suya tiene que ver con la ternura de la que hablo: escribir “destino, resérvame lo hermoso” significa, también, desechar lo que pretende robarnos lo hermoso, los ciscos que se meten en los ojos y hacen que el sol duela, ese extrañamiento contrario, o eso me parece ahora, al asombro. Es lógico, entonces, que una poética que deshabita lo mundano para habitar lo sublime contenga su contraparte, como la ternura contiene la necesidad de protección: “no quedas paralizado ante la hermosura/a pesar del desamor que naturalmente la nutre”, le señala la voz poética al mirlo, compañero o, de nuevo, contrario con la que se establece el diálogo. Me acuerdo, también, de estos versos: “y a la hermosa colgadura del cielo me adherí. Sé que/a ella no sube el gris hinchado del ratón que daña”.</span></p>
<h2>¿Por qué me acuerdo?</h2>
<p><span style="font-weight: 400;">Me acuerdo porque a veces tengo que decirme tengo 20 años; porque a veces olvidamos, pero lo hermoso, si lo agarramos, nos cuenta quiénes somos. Qué hemos creado. Me acuerdo porque las poéticas que reclaman esto, que cuidan desde esto, dan lugar a un efecto circular y terminan sumándose a otra memoria que crea, a su vez, otra memoria del mundo: mirar un paisaje es crear un paisaje, y mirar un paisaje creado es crear otro paisaje. El diálogo no termina nunca y por eso podemos creer en la literatura cuando no creemos ya en nada: es un ejercicio de ternura. De tirar de la luz para que pueda acogernos. Me acuerdo porque una lectura es también un mundo que se pisó, con la diferencia de que las huellas no se quedan en él, sino en nosotras. Nuestros brazos clavados en nuestros brazos como ramas que nos quisieron abrazar.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Me acuerdo porque la música de los poemas de María Teresa de Vega, entregada a ritmos aéreos, se convierte en una suerte de lira que, como la de Orfeo, amansa. Me acuerdo porque muchas veces recurro a estos versos de ‘Mar cifrado’: “es sublime que la vida nos viva,/que un encuentro radical nos viva”. Me acuerdo porque es necesario recordar de vez en cuando que la lectura es goce. Que lo leído forma parte de la memoria y la memoria también de lo leído; en ‘Necesidad de Orfeo’, la poeta se pregunta: “¿nos llevan a alguna parte los amigos? ¿Son como un camino?”. Me acuerdo porque esa pregunta sonó en mi cabeza cuando empezaba a interrogarme a través de los libros y cuando, con los pies aún picados por el césped del tranvía, intentaba descubrir cómo huir de la crueldad. De la mano que me agarraba por dentro y tiraba. Contemplando, me dije mientras leía, porque la luz debe nacerse. Por eso, y no por otra cosa, la literatura puede salvarnos. Igual que las amigas. “Por más que arranquemos la flor”, escribe María Teresa de Vega, “jamás asiremos su belleza”. Yo pienso ahora que asir la belleza es, tal vez, elaborarla.</span></p>
<h2>Bibliografía</h2>
<ul>
<li><span style="font-weight: 400;"><strong>Perec, Georges</strong> (1978). ‘Me acuerdo’. Madrid: Impedimenta.</span></li>
<li><span style="font-weight: 400;"><strong>Varela, Blanca</strong> (2001). ‘Donde todo termina abre las alas: poesía reunida (1949-2000)’. Madrid: Círculo de Lectores.</span></li>
<li><span style="font-weight: 400;"><strong>De Vega, María Teresa</strong> (2001). ‘Perdonen que hoy no esté jovial’. Santa Cruz de Tenerife: Editorial Benchomo.</span></li>
<li><span style="font-weight: 400;"><strong>De Vega, María Teresa</strong> (2006). ‘Cerca de lo lejano’. Santa Cruz de Tenerife: Editorial Benchomo.</span></li>
<li><span style="font-weight: 400;"><strong>De Vega, María Teresa</strong> (2009). ‘Mar cifrado’. Santa Cruz de Tenerife: Ediciones Idea.</span></li>
<li><span style="font-weight: 400;"><strong>De Vega, María Teresa</strong> (2015). ‘Necesidad de Orfeo’. Santa Cruz de Tenerife: Escritura entre las Nubes.</span></li>
</ul>
<h2>Otros artículos de Aida González Rossi</h2>
<ul>
<li><span style="font-weight: 400;"><strong><a href="https://mujerescanarias.com/querida-natalia-sosa-ayala/" target="_blank" rel="noopener">Querida Natalia Sosa Ayala</a> </strong></span></li>
<li><span style="font-weight: 400;"><strong><a href="https://mujerescanarias.com/olga-rivero-jordan/" target="_blank" rel="noopener">Olga Rivero Jordán y Youtube en aleatorio</a> </strong></span></li>
<li><span style="font-weight: 400;"><strong><a href="https://mujerescanarias.com/pilar-lojendio/" target="_blank" rel="noopener">Pilar Lojendio: ya gallean tus pies</a> </strong></span></li>
</ul>
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		<title>Pilar Lojendio: ya gallean tus pies</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Aida González Rossi]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 06 Sep 2021 11:23:09 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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					<description><![CDATA[<a href="https://mujerescanarias.com/pilar-lojendio/" title="Pilar Lojendio: ya gallean tus pies" rel="nofollow"><img width="1920" height="1048" src="https://mujerescanarias.com/wp-content/uploads/2021/05/Pilar-Lojendio_InicioWeb.png" class="webfeedsFeaturedVisual wp-post-image" alt="Pilar Lojendio por Aida Gonzalez Rossi" style="display: block; margin-bottom: 5px; clear:both;max-width: 100%;" link_thumbnail="1" decoding="async" srcset="https://mujerescanarias.com/wp-content/uploads/2021/05/Pilar-Lojendio_InicioWeb.png 1920w, https://mujerescanarias.com/wp-content/uploads/2021/05/Pilar-Lojendio_InicioWeb-300x164.png 300w, https://mujerescanarias.com/wp-content/uploads/2021/05/Pilar-Lojendio_InicioWeb-1024x559.png 1024w, https://mujerescanarias.com/wp-content/uploads/2021/05/Pilar-Lojendio_InicioWeb-768x419.png 768w, https://mujerescanarias.com/wp-content/uploads/2021/05/Pilar-Lojendio_InicioWeb-1536x838.png 1536w, https://mujerescanarias.com/wp-content/uploads/2021/05/Pilar-Lojendio_InicioWeb-700x382.png 700w, https://mujerescanarias.com/wp-content/uploads/2021/05/Pilar-Lojendio_InicioWeb-400x218.png 400w, https://mujerescanarias.com/wp-content/uploads/2021/05/Pilar-Lojendio_InicioWeb-1300x710.png 1300w" sizes="(max-width: 1920px) 100vw, 1920px" /></a><p>La poeta tinerfeña Pilar Lojendio construyó, a lo largo de sus cuatro poemarios publicados en vida, una de las voces más peculiares y desafiantes de las letras canarias. Yo soy amiga de las palabras. Digo “amiga de” como lo dice mi abuela: amiga del queso, del bubango, de la tableta de chocolate La Candelaria que...</p>
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<p><span style="font-weight: 400;">Yo soy amiga de las palabras. Digo “amiga de” como lo dice mi abuela: amiga del queso, del bubango, de la tableta de chocolate La Candelaria que siempre está escondida en lo hondo de la alacena. Amiga de las cosas que te quieres comer. Empecé a serlo de pequeña, durante una noche calurosa: los pelos me caían sobre la frente, los tenía sudados y espesos y olían al césped del campo de fútbol de mi pueblo, a las bolas de caucho que, aunque aún no lo sabía, se me habían enterrado en los bordes de las uñas de los dedos de los pies. Mi padre, sentado a mi lado, me ayudaba a pintar un libro para colorear. Era de ‘Rebelión en la granja’; yo, en ese momento, solamente encontraba motivos para odiar dos cosas: pintar y los gallos. Pintar me cansaba la mano. Era predecible y me obligaba a estar tiesa. Los gallos podían picarme. Eran impredecibles y me obligaban a correr. Me daba asco mirarles los picos, me daba asco arrastrar el creyón por el papel, me daba asco terminar de convertir esa cresta en una cosa roja (veteada de blanco porque se me daba fatal) que después abandonaría dentro de una gaveta, adiós, gallo cochino, adiós, libro regalado, gracias, papi, te quiero mucho: se me ocurrió una cosa. Y dije, soplándome la gota que empezaba a desescalarme el fleco, pa, si nos quedan cachos despintados les ponemos colores que no vayan ahí. Verde. Azul. Canelo. Y así el machango no va a ser un gallo y solo va a existir aquí y descubrimos una cosa nueva y no nos aburrimos y nos equivocamos adrede y hacemos algo que nadie en toda la isla pueda repetir jamás: mi padre respondió vale, Aidita. Esa noche aprendí a ser amiga de las palabras (amiga de morderlas para que su jugo me tapone la garganta), esa noche entendí que saber meter colores donde te dijeron que no iban equivale a saber escribir un poema: me siguieron dando miedo los gallos. Pero no los gallos que salían de mí.</p>
<p>Años más tarde, despatarrada en una silla de la biblioteca de mi pueblo, leí ‘La lengua del gallo’ (1984) de Pilar Lojendio. Pensé en esa noche. Lo pensé por los gallos, por supuesto, pero también porque entendí que, si existen unos pies que gallean, existe cualquier cosa: ciertas poéticas extienden nuestros límites hasta donde los límites dejan de significar. Porque una palabra en su sitio puede ser inofensiva; una palabra a la que se le ha inventado uno (con creyones verdes que rellenan huecos, con lo que el cuerpo deja caer si no te lo miras), sin embargo, picará siempre. Me siguieron dando miedo los gallos. Pero no los gallos de Pilar Lojendio.</span></p>
<h2>Pilar Lojendio</h2>
<p><span style="font-weight: 400;">Pilar Lojendio nació en Santa Cruz de Tenerife en 1931. Falleció en 1989. Aunque ya llevaba tiempo escribiendo poesía (desde los 15 años) y en contacto con la vida cultural de la isla, cuatro de sus poemas vieron la luz por primera vez, en 1954, en la revista ‘Gánigo’. A partir de entonces, publicó en medios de ámbito regional y nacional como ‘Mujeres en la isla’, ‘Alaluz’, ‘Gaceta semanal de las artes’, ‘Caracola’ y ‘Tagoror literario’. Hasta la década de los 70, su participación en eventos culturales fue constante: frecuentaba el Ateneo de La Laguna y el Círculo de Bellas Artes de Santa Cruz. Además, se interesó por la investigación de la obra de otras autoras canarias. Pino Ojeda, Josefina de la Torre y Victorina Bridoux fueron, entre otras muchas, escritoras de su interés. En 1969, su poemario ‘Almas de piedra’ recibió el premio Julio Tovar de Poesía. Es autora de los libros ‘Ha llegado el esposo’ (1964), ‘Tres poetas’ (1970), ‘Almas de piedra’ (1970) y ‘La lengua del gallo’ (1984), así como de las obras póstumas ‘Invierno de la piel’ (1990), ‘Te busco desde la aurora’ (2004) y la reciente ‘Poesía completa’ (2021), incluida en los nuevos volúmenes de la Biblioteca Básica Canaria.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">A pesar de que se preocupaba por la investigación y la recuperación de la obra de sus predecesoras (preguntándose públicamente, en ocasiones, qué les habría animado a escribir, cuántas de ellas habrían temido publicar), la poesía de Pilar Lojendio, aunque cercana a la vanguardia surrealista, no puede ubicarse dentro de una corriente concreta: leyendo sus cuatro poemarios publicados en vida, vemos la evolución de una poeta que, rebosante de imágenes cálidas, corporales y eróticas, construyó una poética inundada de juego. De vetas de colores entre los fallos que surgen al pintar: los poemas de Pilar Lojendio, rítmicos como el canto de un ave (y ella dice: “necesito morirme para resucitar en la pluma de un ave”), nos arrojan una mirada que se deja ensuciar por lo mirado, que, explicado con dos de sus versos, logra “unir la plata y el diamante/con la raíz de la piedra”. Leerla es asistir a una voz que prueba su propia resonancia. Es entrar en un poema del que no se sabe nada: nunca se entra sabiendo, por supuesto, pero, en el caso de esta poeta, los poemas se convierten en caminos que aún no ha transitado nadie y sobre cuya apariencia, por lo tanto, podemos fabular. Pilar Lojendio escribe: “amasé con el trigo de mi cuerpo/un pan pequeño/y avara lo guardé/y lo tapé con rosas”. Yo (que tecleo esto sentada en una terraza llena de tierra) siento que, al leer esos cuatro versos, doy una vuelta entera. La escritura de esta poeta no está hecha de los olores del cuerpo: está hecha de la voluntad de contarle tu olor a quien, aunque deseas con todas tus fuerzas que te huela, no puede hacerlo. Con esa fuerza puede hablar del abrazo (“te sé desde que eras solo deseo”) y de la violencia (“tu cuerpo está mustio del trabajo del día/pero debes reponerlo antes que oigas su voz/en la terraza”).<br />
</span></p>
<h2>Cuerpo</h2>
<p><span style="font-weight: 400;">“No cantaba por cantar, no/cantaba para mí”. Pienso mucho en esta idea. A lo mejor porque tuve que convencerme a mí misma para pintar dibujos de gallos prometiéndome que iba a ponerles colores que no tocaban. Cuando leo un poema, pienso en la creación del poema. De una forma parecida, supongo, a cuando Pilar Lojendio se preguntaba en una entrevista por qué escribían sus predecesoras. Yo intento descifrar, al leer, qué hay del cuerpo que escribe en lo que escribe; intento encontrar rastros entre las imágenes, fantaseo con saber qué palabras habrían sido distintas si el deseo, por ejemplo, hubiera estado orientado hacia otra parte durante el momento de la escritura. Por eso me tranquilizan las voces poéticas que se integran a sí mismas en la creación; las que cantan para ellas, usando el verso de Pilar Lojendio. La etiqueta de “poesía intimista” ha caído sobre las autoras como un saco de arena que les prohibía (o, con suerte, solamente les impedía) el movimiento. Solemos recurrir a ella cuando una autora abandona la idea de que lo escrito es una entidad que se desprende, sin rastro alguno, de quien escribe: por esto, quizá, entendí como intimistas, al principio, los primeros poemarios de Pilar Lojendio. Era la etiqueta que tenía a mano, el creyón que tocaba en ese momento, el fluido lógico de la glándula por la que me enseñaron a sudar: me la niego ahora, sin embargo. La poesía de Pilar Lojendio habla del cuerpo, del deseo, se da forma con los sentidos, con la peculiaridad de una mirada que se deja cantar, juega con la ternura, con la violencia, a veces con los ritmos propios del desbordamiento, plantea imágenes como “cuando el cuerpo se te arrastra/y te lloran los poros y la sangre”, se niega en ocasiones después de afirmarse, y huele, y se toca, y deja los dedos impregnados de la misma tierra que suaviza las yemas cuando acaricias una ventana sucia. Me niego el término “intimista” porque, aunque creo en reivindicarlo y en arrancarlo de la simbología patriarcal, caí en el uso contrario a esto: estaba usándolo para calificar una voz que, simplemente, desafía “lo femenino” siendo, precisamente, femenina. Con su forma de colorear los entresijos de las plumas de los gallos, Pilar Lojendio se aleja de lo que se les pedía a las mujeres, pero también de lo que se les pedía a los hombres.</span></p>
<h2>Gallear</h2>
<p><span style="font-weight: 400;">“Sin permiso/ya gallean tus pies”. Esto lo leí, como decía antes, sentada en la biblioteca de mi pueblo. La madera del piso crujiéndome debajo. Pensé ¿qué es gallear? Y recorrí, quieta y sola, un poemario de Pilar Lojendio (el último que publicó en vida) en el que, en lo que me parece una culminación de cosas que ya aparecían en sus obras anteriores, todo se cruza. Las palabras se dislocan (ella dice, precisamente: “y tu pelo y la mirada se dislocan/porque el cielo no es de todos”). El gallo, algo que yo odiaba, adquiere significados que ni siquiera hay que preguntarse: unos pies gallean. La poeta desea “ser paloma ser el gallo/ser el gallo ser el gallo”. Y la rama del gallo se puede quebrar. Y “navegas a ser gallo/navegas a jugar de gallo”. No necesité, en esa primera lectura, saber qué era el gallo: lo miraba como miré unas plumas de colores pintadas por mí, entendí que la poesía conjuga sentidos que, por no deber estar, están con más fuerza, me mojé de una voz poética que desencaja las palabras y les inventa un sitio y extiende nuestro contorno para que abarquemos la posibilidad de decir “tus axilas llamean mi cara”. De pensar “la culebra flor se te estremece/flor arriba cuerpo abajo cuerpo flor”. De sentir “porque cada mañana/es temperatura y ser/y cada mañana es mañana/y cada mañana es amor”. Cruzar palabras en un poema no es solo cruzar palabras: es tener la generosidad de permitir que alguien habite, durante el tiempo de lectura, eso que solo nosotras, desde nuestro deseo y nuestro cuerpo, somos capaces de ver, de convocar. Es escribir contra lo que se nos pide y contra lo que nos pedimos. Es cantar para una. Y cantarle a quien, a través de ello, se vuelve amiga de las palabras. Como yo, que empecé a serlo pintando gallos y lo fui más intentando atrapar los de Pilar Lojendio. Mirando cómo se me escapaban de las manos: sabiendo que debía ser así, yo entre estanterías que olían a polvo, yo acogida por estos versos que me hablan, precisamente, de dislocación, de duplicidad y de fuerza: “para hacerlo llegar a la llanura/tendré que estarme sola acompañada/solamente estaré si sé que vivo”.</span></p>
<h2>Bibliografía</h2>
<ul>
<li><span style="font-weight: 400;"><strong>Lojendio, Pilar</strong> (1984). ‘La lengua del gallo’. Santa Cruz de Tenerife: ACT/Poesía.</span></li>
<li><span style="font-weight: 400;"><strong>Lojendio, Pilar</strong> (2021). ‘Poesía completa’. Santa Cruz de Tenerife: Gobierno de Canarias.</span></li>
</ul>
<h2>Otros artículos de Aida González Rossi</h2>
<ul>
<li><span style="font-weight: 400;"><strong><a href="https://mujerescanarias.com/querida-natalia-sosa-ayala/" target="_blank" rel="noopener">Querida Natalia Sosa Ayala</a> </strong></span></li>
<li><span style="font-weight: 400;"><strong><a href="https://mujerescanarias.com/olga-rivero-jordan/" target="_blank" rel="noopener">Olga Rivero Jordán y Youtube en aleatorio</a> </strong></span></li>
</ul>
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		<title>Olga Rivero Jordán y YouTube en aleatorio</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Aida González Rossi]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 03 Aug 2021 09:09:44 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<h2>Olga Rivero Jordán</h2>
<p><span style="font-weight: 400;">Olga Rivero Jordán nació en La Laguna en 1928 y falleció el 14 de abril de este año (2021). Fue poeta y trabajó como telefonista. Es autora de los libros ‘Los zapatos del mundo’ (1982), ‘Girándula’ (1993), ‘La imaginista de sueños’ (2003), ‘Poesía inédita 1977-2004’ (2004) (volumen que contiene los poemarios ‘La piel del bosque’, ‘Solo de siluetas’, ‘Poemas a los cuadros de una exposición de Grecy Amores’, ‘Lenguas de lluvia’ y ‘Esgrima de espejos’), ‘Memoria azul’ (2009) y de la recientemente publicada ‘Antología’ (2021), parte de las nuevas publicaciones con las que se ha intentado equilibrar una Biblioteca Básica Canaria en la que pesaba la ausencia de autoras. Su formación fue autodidacta, y a mediados de los 70 comenzó a publicar textos en revistas como ‘El buey de las estrellas’, ‘Campus II’ o ‘Taramela’, además de en diarios como ‘La Tarde’ o ‘Diario de Avisos’. Por esta época inició, además, una tertulia con poetas jóvenes en el Ateneo de La Laguna. En 2018, la Asociación Cultural Canaria de Escritores/as le otorgó el Premio Victorina Bridoux de las Letras.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Roberto Cabrera dice que Olga Rivero Jordán “parecía vivir solo para crear en sus folios la novela del mundo”. Esta idea nos acerca a una poeta que, a través de su extensa obra, configuró una poética capaz de esbozar el retrato de una mirada que se anudaba, como decía, para mostrarse desanudada, y capaz también de ubicar en una creación que Cabrera califica de “existencialista” las coordenadas de un momento social que la autora transitó con especial dureza, pues su padre, Luis Rivero, primer teniente alcalde del Ayuntamiento de La Laguna, fue preso gubernativo tras el Golpe de Estado de 1936. Su poesía, una voz que mantiene su ritmo y su color tanto en verso como en prosa, recorre la interioridad de un yo que se define a sí mismo a través de lo onírico, de lo penumbroso, de lo erótico y lo corporal, entendiendo la corporalidad propia también como la corporalidad de un mundo que da sombra: como ocurre con los sueños (como ocurre, también, con las playlists aleatorias de YouTube), los poemas de Rivero Jordán están compuestos, o eso me parece, de imágenes guardadas en una memoria a la que solo se accede a través del juego. Como si el lenguaje contuviera una contraseña que hay que buscar, y como si esa búsqueda tuviera que hacerse a través de claves que, poco a poco, delatan que ellas mismas son lo buscado. En sus textos no existe el tiempo (a pesar de que la poeta asegura que “lejos del tiempo/hubiese escrito/sin más detalles”), pues la memoria, lejos de reproducir lo ya sucedido, entrecruza para dar lugar a una materialidad nueva.</span></p>
<h2>El “yo”</h2>
<p><span style="font-weight: 400;">Leer a Olga Rivero Jordán me enfrenta a una parte de mí que detesto: la que instintivamente entiende que una escritura del yo es aquella que contempla el yo. Me costó entender que escribir sobre y desde el cuerpo propio puede ser, también, escribir sobre y desde lo que solo el cuerpo propio capta y filtra. Los poemas, por ello, pueden ser miradas. Trazos que definen el yo a través de lo que se aprieta al yo. Lugares y presencias que reivindicamos como sublimes y a los que solo puede llevarnos el carruaje de lo poético, pues lo poético es esa intención de hacer entendible la belleza o, en palabras de la escritora Luna Miguel, de “fijarse en esto y en aquello”. Pienso muchas veces que lo que define quiénes somos (y también quién es alguien como poeta) es, simplemente, en qué nos fijamos. A través de la búsqueda de que se mire lo mirado, se logra la voz. Una voz que, en el caso de Olga Rivero Jordán, se delata en relación erótica (porque es táctil, porque busca el estímulo) con lo que se hace existir dentro del poema. Las luces y los olores pasan por el filtro del yo y, solo a través de él, se concretan y se definen, como ocurre en los versos “no es el sol que calienta/es el sol malo de la fiebre”. Por eso esa contemplación del yo que inevitablemente busco sucede a través de la contemplación de los límites que hay entre el yo y el mundo, entre el yo y el otro, y por eso cartografiar la belleza del mundo y del otro nos lleva a nosotras: “mi cabeza es un ojo bailando sin piernas”, dice Rivero Jordán. Ocurre lo mismo, a lo mejor, con Annie Ernaux en la novela ‘Los años’, en la que practica un tipo de autobiografía con el que pretende recogerse sí misma a través del retrato de las voces que tiene alrededor, de las voces que vieron lo que ella vio. El yo es (y es ahí cuando su presencia se hace más fuerte) la sombra del yo. “Hierve la vida/en un cóctel de lluvia/que ahora es solo una mueca/de sombra”, escribe la poeta. También: “no hay un triste carruaje/que me lleve/a la sombra/de mi árbol preferido”.</span></p>
<h2>Decir</h2>
<p><span style="font-weight: 400;">A veces me pregunto qué es escribir. Sé que es una duda muy vaga, pero, si empiezas a planteártela de verdad, sientes angustia. Confieso que en ocasiones dudo de la escritura, y también confieso que los poemas de Olga Rivero Jordán (leídos mientras oigo a Lorde cantar Supercut en directo, después a Carolina Durante) disipan ese malestar: yo creo en el habla. Y no precisamente en el habla de la comunicación: creo en el habla del cuerpo. En lo que se dice sin pretender decir nada, o al menos en apariencia. Creo en lo que configura su propio sentido. Esto último lo aprendí, como les decía, leyendo a esta poeta: el sentido del poema solo existe en el poema, pues el sentido del poema es, sencillamente, el poema mismo. Lo mismo que ocurre con un balbuceo que sueltas con la frente pegada al cristal de la guagua. O con las frases que no puedes evitar soltar (como quien suda) durante el sexo. Un poema es un instante. No un instante recogido, sino un instante creado: los de Olga Rivero Jordán, por ejemplo, me parecen segundos (algunos más breves, otros más largos) que nunca viví. Que estoy viviendo, sin embargo. Y eso me salva de la angustia: creo en el habla, en el aire que solo sale así a través de estos dientes, en los charcos de saliva que empañan algunas sílabas. Y eso también existe en la escritura. “Vi desfilar las piedras/de una calle azul/con un violín de niebla/al fondo” también es habla orgánica. “Sombra del pino/luz abierta/seda que filtra/el sonido del sol” también es algo que no puede repetirse. Algo que deja entrar el espacio en el poema y nos explica, sin tener que explicarlo, que escritura es cuerpo, no solo el cuerpo que recuerda sino también el cuerpo que crea.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"> A Olga Rivero Jordán, que ya no está con nosotras, le diría algo que ella misma escribió: “dejé tu voz caída/y por siempre/recogeré el sonido”.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Mientras la leo, Lorde me dice a mí: “but it’s just a supercut of us/supercut of us”. </span></p>
<h2></h2>
<h2>Bibliografía</h2>
<ul>
<li><span style="font-weight: 400;"><strong>Miguel, Luna</strong> (2015). ‘Los estómagos’. Madrid: La Bella Varsovia.</span></li>
<li><span style="font-weight: 400;"><strong>Rivero Jordán, Olga</strong> (2021). ‘Antología’. Gobierno de Canarias.</span></li>
</ul>
<h2>Otros artículos de Aida González Rossi</h2>
<ul>
<li><span style="font-weight: 400;"><strong><a href="https://mujerescanarias.com/querida-natalia-sosa-ayala/" target="_blank" rel="noopener">Querida Natalia Sosa Ayala</a> </strong></span></li>
</ul>
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		<title>Querida Natalia Sosa Ayala</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Aida González Rossi]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 28 Jun 2021 10:05:52 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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					<description><![CDATA[<a href="https://mujerescanarias.com/querida-natalia-sosa-ayala/" title="Querida Natalia Sosa Ayala" rel="nofollow"><img width="1920" height="1048" src="https://mujerescanarias.com/wp-content/uploads/2021/05/Natalia-Sosa-Ayala_InicioWeb.png" class="webfeedsFeaturedVisual wp-post-image" alt="Natalia Sosa Ayala por Aida Gonzalez Rossi" style="display: block; margin-bottom: 5px; clear:both;max-width: 100%;" link_thumbnail="1" decoding="async" loading="lazy" srcset="https://mujerescanarias.com/wp-content/uploads/2021/05/Natalia-Sosa-Ayala_InicioWeb.png 1920w, https://mujerescanarias.com/wp-content/uploads/2021/05/Natalia-Sosa-Ayala_InicioWeb-300x164.png 300w, https://mujerescanarias.com/wp-content/uploads/2021/05/Natalia-Sosa-Ayala_InicioWeb-1024x559.png 1024w, https://mujerescanarias.com/wp-content/uploads/2021/05/Natalia-Sosa-Ayala_InicioWeb-768x419.png 768w, https://mujerescanarias.com/wp-content/uploads/2021/05/Natalia-Sosa-Ayala_InicioWeb-1536x838.png 1536w, https://mujerescanarias.com/wp-content/uploads/2021/05/Natalia-Sosa-Ayala_InicioWeb-700x382.png 700w, https://mujerescanarias.com/wp-content/uploads/2021/05/Natalia-Sosa-Ayala_InicioWeb-400x218.png 400w, https://mujerescanarias.com/wp-content/uploads/2021/05/Natalia-Sosa-Ayala_InicioWeb-1300x710.png 1300w" sizes="auto, (max-width: 1920px) 100vw, 1920px" /></a><p>Natalia Sosa Ayala, a quien se le dedica el Día de las Letras Canarias 2021, es un referente de desafío al sistema heteropatriarcal a través de la escritura autobiográfica Querida Natalia Sosa Ayala: Me asusta un poco escribir esto. Me da vergüenza. Estoy sentada en el sillón y tengo un libro tuyo debajo del muslo;...</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<a href="https://mujerescanarias.com/querida-natalia-sosa-ayala/" title="Querida Natalia Sosa Ayala" rel="nofollow"><img width="1920" height="1048" src="https://mujerescanarias.com/wp-content/uploads/2021/05/Natalia-Sosa-Ayala_InicioWeb.png" class="webfeedsFeaturedVisual wp-post-image" alt="Natalia Sosa Ayala por Aida Gonzalez Rossi" style="display: block; margin-bottom: 5px; clear:both;max-width: 100%;" link_thumbnail="1" decoding="async" loading="lazy" srcset="https://mujerescanarias.com/wp-content/uploads/2021/05/Natalia-Sosa-Ayala_InicioWeb.png 1920w, https://mujerescanarias.com/wp-content/uploads/2021/05/Natalia-Sosa-Ayala_InicioWeb-300x164.png 300w, https://mujerescanarias.com/wp-content/uploads/2021/05/Natalia-Sosa-Ayala_InicioWeb-1024x559.png 1024w, https://mujerescanarias.com/wp-content/uploads/2021/05/Natalia-Sosa-Ayala_InicioWeb-768x419.png 768w, https://mujerescanarias.com/wp-content/uploads/2021/05/Natalia-Sosa-Ayala_InicioWeb-1536x838.png 1536w, https://mujerescanarias.com/wp-content/uploads/2021/05/Natalia-Sosa-Ayala_InicioWeb-700x382.png 700w, https://mujerescanarias.com/wp-content/uploads/2021/05/Natalia-Sosa-Ayala_InicioWeb-400x218.png 400w, https://mujerescanarias.com/wp-content/uploads/2021/05/Natalia-Sosa-Ayala_InicioWeb-1300x710.png 1300w" sizes="auto, (max-width: 1920px) 100vw, 1920px" /></a><p><strong>Natalia Sosa Ayala, a quien se le dedica el Día de las Letras Canarias 2021, es un referente de desafío al sistema heteropatriarcal a través de la escritura autobiográfica</strong></p>
<h2>Querida Natalia Sosa Ayala:</h2>
<p>Me asusta un poco escribir esto. Me da vergüenza. Estoy sentada en el sillón y tengo un libro tuyo debajo del muslo; hasta hace un rato, estaba colocado en la mesa de la cocina de mi piso, junto a un plato lleno de manzanas y kiwis y un bote de jugo de naranja. A veces, cuando estoy comiendo, hojeo el libro y me paro en cosas, mastico algunas imágenes, me aprendo un verso o dos, recuerdo, sobre todo, el día que llegué a él. Estaba esperando a mi madre y me senté a leerlo en un bar. Me gustaba mucho la portada: una foto tuya con la mano en la barbilla, el dedo en la boca, un gesto muy delicado; sentí, al empezar, que algunos de tus poemas eran justo esa postura. Acariciarse los labios suavemente, sorprenderse de su tacto. De sus caspas, a lo mejor. Te leí deprisa; esa primera vez, subrayé algunas cosas con un boli azul. Por ejemplo: “bajo un velo de luz/de gozo o de tristeza/tu latido y el mío”. O “los ligeros tesoros,/tenues como mi nombre”. O “yo bendigo, extraño creador de virtudes lejanas,/las manos que me diste”. Sé, sin embargo, que al principio no te entendí del todo: llegué a una capa que me hizo querer leerte muchas veces, y gracias a eso he podido desenredar algunos de tus poemas. Y he vuelto, siempre, a enredarlos: me parece que deben estar así. Tu escritura, creo yo, fue para ser leída muchas veces y quedarse después intacta y latiendo junto a un frutero improvisado en el que las manzanas ya se están pudriendo. Hace calor. Quiero escribir algunas cosas sobre ti y explicarte, si es que puedo, de dónde viene mi vergüenza.</p>
<h2>Tú</h2>
<p>Tú ya no estás, claro, y, aunque te escribo, esta carta no es para que la leas: es para hablar de ti. Así que tengo que enmarcarte. Naciste en 1938 en Las Palmas de Gran Canaria. En 1955, aparecieron tus primeros textos en el semanario ‘Antena’; publicaste poemas, textos narrativos, entrevistas y crónicas en ‘Mujeres en la isla’; también publicaste crónicas en medios como ‘Diario de Las Palmas’, ‘La Provincia’ o ‘El Eco de Canarias’. Eres autora de los poemarios ‘Muchacha sin nombre y otros poemas’ (1980), ‘Autorretrato’ (1981), ‘Diciembre’ (1992), ‘Cuando es sombra la tarde’ (1999) y el libro póstumo ‘Los poemas de una mujer apátrida’ (2003). En 2018, Torremozas publicó la antología ‘No soy Natalia’, y ahora, en 2021, ‘Soy éxodo y llegada’, acercando así tu poesía a quienes no habíamos llegado antes a ti. También publicaste las obras en prosa ‘Stefanía’ (1959), ‘Cartas en el crepúsculo’ (1963) y el volumen ‘Desde mi desván y otros artículos. Neurosis. Cartas’ (1996). Falleciste en 2003, y este año se te dedica el Día de las Letras Canarias, un justo homenaje a una de las escritoras más importantes de nuestro archipiélago. Dice Blanca Hernández Quintana que tu poesía “habla de silencio y opresión con una voz que, desoyendo el discurso hegemónico, escribe sobre sí misma”.</p>
<h2>Tu nombre</h2>
<p>El libro que vive en mi cocina es ‘No soy Natalia’. La idea de nombre siempre me ha resultado fascinante. Me gusta pensarla una y otra vez y marearme, o pensar una y otra vez en los nombres de las personas a las que quiero y marearme también. Sin embargo, suelo partir de una voluntad de afirmación: suelo necesitar decir sí, sí, este es mi nombre, este es el nombre de mi madre, de mi hermana, de mi perra, nosotras les damos el significado y nosotras los pintamos en las cabezas de quienes nos piensan. Cuando me ha chocado ser ‘Aida’, lo he solucionado arrastrándome dentro de mi nombre y llenándolo de mi suciedad y gritándole yo soy yo y yo soy yo y solo yo soy yo. Pero tú escribes esto: “Mas yo, yo no soy yo./No soy Natalia”. Y ‘Aida’ empieza a picarme. No sé si me costó comprender lo que hay detrás de tu nombre; sí sé que para mí fue un choque. Aprendí, leyéndote por primera vez en ese bar, que hay muchos caminos que llevan a la afirmación: uno de ellos puede ser negarse. Entender que nuestro nombre es el sonido que tenemos en las ideas de las otras personas, lo que somos para ellas, y que a veces (casi siempre) las opresiones son más grandes que nuestra voluntad de hacernos ver dentro de la palabra que eligieron para vestirnos. A veces somos machangos de madera que quieren quitarse la camisa y tienen prohibido extender los brazos.</p>
<p>El nombre es exigencia. Es el rastro de quien nos imaginó antes de que existiéramos. Es identidad, o es, más bien, el peso de una identidad que aún no ha pasado por nosotras, que aún no hemos enunciado ni comprendido, que aún no tiene luz y se nos abre como el cuarto de las papas de la casa de mi abuela: hueles la tierra, hueles incluso las paredes de cemento desnudo, no ves nada y puedes creerte el cuento, extendido por tus primos mayores, de que hay un alacrán gigante esperando para picarte hasta en los párpados. Natalia, yo, después de leerte varias veces, empecé a sentir que cada una de tus palabras es una mechita prendida en el cuarto de tu nombre. Que las encendías para definirte porque, allí donde tú estabas, algunos términos convencionales no valían para nada. “Hubiera sido hermoso ser senda o ser camino,/tener forma de árbol o ser rosa”. “Yo quería tener un corazón de lila/y ser una pradera interminable”. Estamos encerradas en nuestros nombres: eso lo aprendí de ti. Y tú, para dejar de creer en el alacrán, construiste trenzas y nudos de imágenes y de palabras que te explicaban mil veces mejor, que nos explicaban mil veces mejor a todas las que vinimos después: a veces siento que escribiste algunas cosas para mí. Eso, que es lo que me da más vergüenza, te lo contaré luego. A ver si atino a hacerlo bien.<br />
“Pero sé que al mirarte/habrá un nombre que oculte”, dices.</p>
<h2>Tu patria</h2>
<p>“El verso sí fue mi patria/en la agonía sin nombre del exilio”. Escribías sobre ti. A pesar de una tradición literaria en la que lo autobiográfico forma parte de lo menor, de lo evitable. Y a pesar de ser, claro, mujer y lesbiana durante el franquismo. Escribías sobre ti porque estabas construyendo tu patria en la escritura. En tu poesía, la patria es el lugar en el que podemos reconocernos tal cual somos y establecer nuestras normas y contornos: es el lugar en el que podemos llamarnos como de verdad queremos, ser lluvia, ser césped, ser una luz que recorre unos labios queridos y nos entra luego a través de la respiración. Escribías, o eso me parece, para crear un lenguaje con el que poder decir cosas que no podían ser dichas de otra manera; para desafiar a una exterioridad que negaba tu interioridad; para poder existir. Porque, sin patria, no existimos: “No estar es la palabra radical que conozco,/los primeros signos que aprendí siendo niña”. Tu escritura fue el espacio de resistencia en el que desplegaste una valentía que me hace morderme las uñas.</p>
<p>“Si vieras que soy ruda/porque solo soy tierna/¡y tengo tanto miedo/a morir de ternura!”. Una de mis cosas favoritas de leer a autoras es poder asistir a una especie de exhibición de la vulnerabilidad. De la consciencia de que no hay que estar entera ni recubierta de una piel durísima ni terminada. Pero en ti, Natalia, descubrí otra cosa: que la búsqueda, además de material literario, puede ser uno de los fondos de la escritura, puede ser algo mostrado, compartido, y podemos decir tengo miedo de ser tierna. Tengo miedo, soy vulnerable, quiero mi patria. Y amo así y mucho. Mercedes Arriaga-Flórez explica en ‘Mi amor, mi juez: alteridad autobiográfica femenina’ (2001) que el uso de la escritura autobiográfica por parte de las autoras rompe con el carácter póstumo y testimonial de los géneros autobiográficos clásicos: ellas no escriben para que sus vidas se recuerden en el futuro, sino para que sus vidas existan en el presente. Para dialogar con la cultura heteropatriarcal y con las personas que habitan sus mismas periferias. Eso me hace pensar, claro, en tu poema ‘La extranjera’. Escribes: “Para siempre la sed de tu voz ida/que susurre a mi pena: compatriota”.</p>
<p>Los símbolos recurrentes de tu poesía son, al menos para mí, tu patria. Sentirte más explicada por los animales, por las raíces, por las nubes, por las gotas, por las flores, por el dolor, por las trenzas, por las risas, por “las sublimes paredes del pecho” y por la locura que por tu propio nombre. Hacer del cuerpo, también, algo que puede escribirse: “si tú quisieras, si tú aceptaras mi sed/y la ahuyentaras”.</p>
<p>Me da vergüenza escribirte, Natalia, porque yo también soy mujer y lesbiana y también quiero ser lluvia y leo tus poemas mientras como y siento que, en parte, escribías para que alguien como yo llegara a ti. Sobre todo quiero decirte que no soy tu compatriota: más bien, diría que mi patria es tu escritura. Mi patria es Natalia Sosa.</p>
<h2>Tu sombra</h2>
<p>En febrero estuve en la presentación de ‘Soy éxodo y llegada’ (2021), el volumen con el que la editorial Torremozas termina de recoger tu poesía, en la Casa de Colón. El libro lo presentaron Marta Porpetta, editora de Torremozas, y la profesora e investigadora Blanca Hernández Quintana; hubo un momento en el que Blanca, emocionada, dijo que por fin te reconocíamos como tú querías. No hablaba del reconocimiento del libro ni del Día de las Letras Canarias, por supuesto: hablaba, creo, de que por fin entendemos tu nombre. Por fin podemos hablar de lo que tú hablabas; por fin podemos disfrutar de la libertad con la que tú soñaste; por fin podemos reconocernos en ti y sentir cómo, a lo mejor sin pretenderlo, nos acogiste. A mi lado había sentadas dos amigas escritoras, Tayri Muñiz y Paula de Vega. Las miré. Sentí tu sombra sobre nosotras, en la voz de Blanca y de Marta, en las paredes, en lo tenue que se estaba volviendo ya la luz, y descubrí que la escritura, más allá de las cuestiones de siempre, sí sirve para algo: desafía, ayuda a vivir, cuida.</p>
<p>Y me asustaba escribirte, Natalia, y sigo teniendo tu libro debajo del muslo, y ahora estoy recordando que ese día comimos y nos reímos y sentimos que nos habíamos juntado para celebrarte, y me da vergüenza porque me parece que me apropio, quizá, demasiado de ti; que no debería pensar tanto en lo importante que es que mujeres como Tayri, Paula y yo te leamos; que no debería haber tenido ganas de llorar al escuchar las palabras de Blanca. Sin embargo, soy mujer, soy lesbiana, soy canaria, y sé que, si no te hubieras atrevido a existir, quizá sin saberlo, ruidosamente, yo no habría podido entenderme igual. Cuidaremos tu legado, Natalia. Estás a salvo con nosotras; nosotras lo estamos contigo. Solo quería decirte eso.</p>
<p>PD: Me gustaría dedicarle esta carta a Blanca Hernández Quintana, quien ha invertido gran parte de su vida en investigar sobre tu obra y acercarte a nosotras y nosotros.</p>
<p>&nbsp;</p>
<h2>Bibliografía</h2>
<ul>
<li><strong>Arriaga-Flórez, Mercedes</strong> (2001). ‘Mi amor, mi juez: alteridad autobiográfica femenina’. Barcelona: Anthropos.</li>
<li><strong>Sosa, Natalia</strong> (2018). ‘No soy Natalia’. Madrid: Ediciones Torremozas.</li>
<li><strong>Sosa, Natalia</strong> (2021). ‘Soy éxodo y llegada’. Madrid: Ediciones Torremozas.</li>
</ul>
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